domingo, 31 de enero de 2010

Una final que duró 15 años (y III)

A una sola voz, el Buesa Arena era un auténtico clamor aquella tarde del 26 de junio de 2005. “Jota ke, irabazi arte… Jota ke, irabazi arte” (golpea al enemigo, hasta la muerte). Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, y al instante, descubrí que mi frente estaba empapada en sudor. Sólo habían pasado 49 segundos, pero aún no podía creerme lo que acababan de ver mis ojos.

Y pensar que hacía un minuto mi dedo estaba en contacto con el botón de apagado de aquella Phillips de ruleta, aquel milagro de la tecnología que aún funciona… joder que sí lo hace.

Pero, igual que un lobo moribundo se rehace en el reguero de muerte de una pieza de caza abandonada, aquel cántico ordenó formar filas… en el bando contrario, cuando algo muy parecido al aliento que guió las tropas espartanas de Leónidas contra los persas despertó de su letargo a los “Guerreros de Boza”…

La Final de la ACB 2004/2005 quedará para la historia. Con uno de los mayores duelos visto en nuestra liga en la pintura entre Scola y Reyes (que recordaba, por momentos al mítico Fernando Martín versus Audie Norris), lo inverosímil rebasó el límite de lo común en aquellos días de nuevo estío. Fue una semana mágica que sólo descansó en el último suspiro del último partido. Algo imposible de repetir. Sin duda.

Todo comenzaba el día 17. La final arrancaba en feudo baskonista y era de vital importancia para el Tau golpear primero (como dice la canción).

"Ojalá que no tengamos que llegar al partido del domingo 26, pero será una eliminatoria muy dura. Jugamos contra el actual finalista de la Euroliga. El Tau sabe jugar este tipo de partidos, tienen el factor campo a su favor, pero vamos a jugar para ver qué pasa”. Declaraba Maljkovic a la Agencia EFE días antes de la final. Pero alguien de su talla era consciente de que los cinco partidos eran una cita ineludible.

No se arredraron de inicio los pupilos de Dusko ante el Madrid. Tenían cuentas pendientes con un equipo que ya les había ganado 3 veces esa temporada, y lo de Moscú… estaba demasiado reciente. Así que, como una quinceañera celebrando el cumpleaños de una amiga, los de Vitoria salieron a darlo todo en el primer partido.

El popular “Mache, Mache, Mache” del speaker del Buesa Arena sonaba por todas partes. Esta vez el bueno de Arvydas Macijauskas, tan “sólo” anotaba 29 puntos y su equipo entraba en el último cuarto con 11 puntos de ventaja. Si el lituano era la estrella del partido, Boza se guardaba a su cañonero de Washington como revulsivo, y es que Louis Bullock sacó su metralleta para clavar 14 puntos en el último cuarto, y darle la vuelta sorprendentemente al partido. El sufridísimo 82-84 era el primer hecho inverosímil de aquella final. Dusko se tiraría de los pelos (si es que pudiera).

¿Dónde estaba la ortodoxia que él siempre había aprendido?
Esos hechos, aparentemente “objetivos” son objeto de olvido en manuales absolutamente lunáticos de los estudiosos del baloncesto que se llaman entrenadores. Diseñan con tanto ahínco cada jugada, cada partido, que un cambio de guión en forma de derrota añade cicatrices de más mala leche en su próximo ejercicio desde los banquillos. Repasarán tantas veces la misma jugada dentro de sus cabezas que para ellos la perspectiva de que no se puede parar el tiempo cuando éste depende de la fortuna o el destino será sólo cuestión de volver a repasar la jugada, porque la próxima vez no ocurrirá. O eso es lo que se obligan a pensar en sus cábalas.

Y el destino, esta vez, decía nones al perdedor del primer partido. Nunca hasta la fecha una eliminatoria por el título había varado contra el ganador de éste. Pero las eliminatorias por el título y sus monótonas estadísticas no importaban esta vez. Dos hombres serios aparecían sentados uno frente al otro, observándose con mirada severa mientras una mano atravesada por una enorme vena azul hacía vibrar el muelle del pequeño temporizador de color sepia que presidia aquella mesa, parándolo de súbito. Dusko Ivanovic carecía de sus caballos. Éstos colgaban de las manos expertas de Boza, que, en contrapartida, había hecho perecer a algunos de sus peones en el primer envite.

Ahora tocaba rematar.

Dos días después, el Real Madrid entraba triunfal por la misma puerta que dos días antes había entrado distraído. La música coral de pitos, evidente como saludo de bienvenida en Vitoria hacia el odiado equipo de la capital, invadía la entrada de los blancos, henchidos de orgullos ante su última proeza. Un segundo triunfo hundiría las aspiraciones de los vitorianos. Y los de Boza eran absolutamente conscientes de ese detalle.

Pero esta vez Dusko había preparado auténtico jarabe de palo contra Bullock y sus exhibiciones. Nombre en etiqueta: José Manuel Calderón (que merece otro post para él sólo). Se salió literalmente. Y con la ayuda del apático húngaro Kornel David, el de Villanueva de la Serena ponía el empate para el Tau. Un 74-68 que igualaba la serie.

Miércoles 22 de junio. 22:00 de la noche. La gente de Madrid aficionada al baloncesto no se lo puede creer. El sol se despide de la tarde provinciana, pero el último destello ha quemado más de la cuenta. Es el primer aviso de Jaque. Vitoria ha empujado por los flancos y los alfiles asesinos de Dusko (Vidal y Scola, con su último lanzamiento ganador con tres defensas encima de él) han puesto en peligro de muerte a Boza, directamente. Ahora, el perfil orgulloso y aguileño de Ivanovic reluce por fin. La jugada maestra ha salido y el esfuerzo de tantos años por vencer a su maestro va por muy buen camino.

El 2-1 (tras el 81-82) era casi una sentencia de muerte para un entrenador que había llegado a Madrid con la obligación de conseguir la Euroliga, y estaba empezando a perder a su hermana pequeña. Mal asunto. Ahora solo valía ganarlo todo, en un Final de Liga que era el más igualado de la historia, con partidos decidiéndose por una media de 3.0 puntos a favor de cada contrincante. El equilibrio sobre el tablero era más que evidente.

El viernes 24 sólo valía ganar para forzar el quinto y definitivo partido en Vitoria (siguiendo el orden lógico de la serie 2-2-1). Era sí o sí, y además, el pasaporte con destino al infierno le esperaba al Real Madrid de todas formas, ganase (en Vitoria), o perdiese (en las frías páginas de los diarios, que cortarían como filo de Excalibur para los blancos). Era momento de los gladiadores. Y si hay alguien en el mundo de la canasta que represente fielmente el espíritu del indomable cristiano que siente el rugido de los leones es él, Felipe, el hermanísimo de Alfonso. De los Reyes de toda la vida.

Él solito cogió casi los mismos rebotes en ataque (7) que todo el Tau Cerámica (8) aquella tarde. Ese es el terreno de los gladiadores en el baloncesto. Cuando el compañero ha fallado y las alas repliegan fuerzas hacia la defensa amurallada. Ahí, sólo quedan los grandes. Y los tipos que miden 2.04 casi nunca pertenecen a esa especie… salvo que los genes guerreros fluyan por tu sangre. Y ese es el caso del guerrero más ilustre de Boza en aquellos tiempos: Felipe Reyes. El 15+13 del cordobés desquició completamente a los Scola, Splitter, David... Dusko se desesperaba y era expulsado del partido con dos técnicas.

El pupilo se volvía para Vitoria con la mente obtusa. Siempre le faltó tranquilidad en los momentos decisivos. Era ahora cuando la partida iba a tornarse irreversible. Un 88-82 dormía aquella noche en la Plaza de toros de Vistalegre (Madrid). Pero la Copa de la Liga estaba a casi 500 kilómetros de allí, y el domingo reluciría hermosa esperando por fin el desenlace… 15 años después.

… Es que sigo sin creérmelo. Hace media hora acabo de desenchufar el MSN. De verdad, debo controlarme. No sé qué hago contando por ahí fricadas sobre la posición de Felipe Reyes en los tiros libres del rival. Pero con quién comparto yo esto. ¡Nada menos que la historia más grande que han visto mis ojos!

Los aficionados se amontonaban en torno a los colores azul y grana de la bandera de su equipo. Las trompetas y la charanga anunciaban un espectáculo divertido y la confianza era tal que los barriles tranquilos de los bares de Vitoria ya empezaban a temblar solo con el retumbar de las 9.000 almas del Fernando Buesa.

Allí abajo hay un señor que no tiene calor. Su impulsivo gesto de ajuste en su americana azul marina de corte clásico amenaza con diseñar nuevas formas en un cuerpo que ya no encaja firme en ningún lugar abrazado por la tela y el almidón. Está nervioso. Las ojeras de un color inexplicable en sus dilatados ojos, cansados pero alerta, son resultado de mil cávalas, a cada cual más disparatada seguramente, sobre la última jugada de la partida. ¡Está helado, parece una estatua!

A escasos metros, aparece otro señor. También pensativo, también con forma de figura de ajedrez. Como los antiguos, reflexiona ahora encajado sobre su barbilla y con los ojos fijos en el vacío, qué es lo que les dijo el entrenador en 1991. ¿Habría una receta secreta para ganar finales?

“Revolotean mis muchachos. Son muy grandes por estar aquí. Y esperan la última jugada maestra. ¿Por qué este maldito juego se basará en la j… pizarra? A quién intentas engañar Dusko, sabes que no podrías separarte de ella jamás. Joder, míralo, ahí está. ¿Y si voy y le pregunto qué nos dijo hace 15 años? Levanté el título… madre de Dios, fuimos muy felices. ¡Qué putada lo de Drazen! Él tenía que haber estado ahí. Era un jodido orgulloso…”

“… Mierda, ya están los árbitros j… con la señal de los tres minutos. Hostias, y ahora me miran las cámaras. Bah, venga, pues voy y le saludo, le deseo suerte y ya está. Sé tu mismo, que no te vea que estás acojonado, que este lo huele de lejos.”

-Hola Boza. Suerte señor.
-Hola amigo. Suerte a ti también.

“Me ha sonreído. ¿Tanto se me nota que no he dormido? Por Dios Boza, 15 cafés tío. ¿Por qué ni siquiera intentaste dormir, inútil? Bah, está claro, hoy es el día del relevo. Algún día tenía que ser. Si me gana… joder, se lo habrá merecido. Siempre era el primero en llegar a la cancha. Siempre sudaba en primera línea de batalla. Sólo hubiera necesitado una gotita de talento de Kukoc. Pero era tan limitado…”.

Los árbitros dieron la señal de un minuto para el comienzo del partido. Ya no había vuelta atrás. Era la hora de la verdad y sólo quedaría en pie él último justiciero del Rey que quedara vivo sobre el tablero, ese que siempre suele deambular en secreto hasta dar el golpe decisivo en la última jugada…

Esa tarde no sería muy diferente. Nada sorprendió de la primera parte. Los buenos rayaban el óptimo, los demás contemplaban con detalle. Era obligado que alguien ganase. Mache y Bullock; Scola y Felipe. Ellos eran los buenos. 39-41 al descanso favorable al Madrid.

¿Qué nos hace confiar siempre en nuestra voluntad en momentos puntuales? Nadie opina que lo negativo emane de su voluntad, y sin embargo, esa es la primera palabra que se asocia al éxito, junto con la capacidad de sacrificio y el trabajo. Por lo tanto, diremos que este volátil e interesado concepto es una “amable” triquiñuela de nuestro propio orgullo, llamémosle ego. Porque eso, y no nada parecido, era lo que había esa tarde en juego. Bueno, en esa, y en todas las tardes en las que toca competir en una sociedad devota de la disputa entre dos, ávida de héroes y vencidos, de gente que represente lo máximo, a la que haya que adorar, y gente que represente la más absoluta de las miserias, de la que haya que compadecerse.

Y si somos capaces de aislar todo eso, sí, esa tarde tocaba competir. No de manera lúdica, evidentemente, cuando en el deporte de élite jugar es la mayor de las patadas al reglamento de estupideces lingüísticas que emanan de un submundo de incorrecciones en el que comprobar como calientan dos banquillos es de las menores locuras que uno puede escuchar.

Y es que todo es culpa de la buena o mala ventura, como no. Pero el tercer cuarto que se marcó el señor Justin Hamilton fue fruto de su voluntad. Con 11 puntos arriba (42-53), el Real Madrid era, a falta de 13 minutos, un campeón con doble mérito por recuperar el factor cancha y poder ganarle dos de tres en Vitoria al conjunto de la capital vasca.

En situaciones de riesgo es vital mantener la cabeza fría, suelen decir; no emocionarse por si acaso, no soltar demasiada adrenalina y seguir defendiendo. Es baloncesto, al fin y al cabo. Todo puede pasar. Y vaya si pasó. Frío no sé, pero el mormón Travis Hansen se envalentonó para entonar el último “Requiem for a dream”. Él sólo fue capaz de meter un triple de máxima tensión, colgarse del aro a la siguente jugada tras robar el balón, y conectar dos “bombas” perimetrales consecutivas para darle la vuelta a la final. 59-56. 17-3, para ser exactos, porque en baloncesto los tiempos son muy caprichosos y funcionan al azar.

Bullock tenía cuatro faltas. ¿Cúando lo quemo? Debió pensar Boza. Y rebuscó en el banquillo… su gesto, aún impasible como de costumbre, no tenía nada que ver con lo que se revolvía de impotencia por su cabeza. En el banquillo no había otra arma más efectiva.

“Louis, entra al campo, amigo. Que Dios te bendiga”.

Quinta falta de Louis nada más entrar. Tau no baja de los seis puntos de ventaja y sólo Justin Hamilton parece querer plantarles cara. Quedan dos minutos.

Pero… (esto sí es verdad, no es ni voluntario ni azarístico), la magia existe, y los genios no sólo viven dentro de las lámparas.

“Alberto, ven aquí hijo. ¿Eres consciente de cómo está el partido? Pinta mal. Ya lo sé. Venga entra y diles a esos chicos que defiendan. Hay que morir esta tarde. Que Dios te bendiga”.

Antideportiva de Alberto nada más entrar… los Dioses son caprichosos.

Vitoria es un júbilo. El típico “Campeones, Campeones, oé, oé, oé” rivaliza con los primeros compases del “Sutaga…”

Las casas de apuestas se rinden a lo que parece evidente. La victoria del Madrid se paga ya a 500 euros a 1. Los algoritmos matemáticos rigen estos sistemas, y como ejemplos de exactitud, representan la austeridad. Es decir, ya no era un regalo que ganase el Madrid aquella final. Ahora sí que iba a ser necesaria la divinidad suprema.
Pero hay ciertas cosas que no se pueden contar…


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¿Ejercicio de voluntad? ¿Malísima suerte de Dusko y de los suyos? ¿El caprichoso destino?... Quién sabe. Pero esto sucedió de verdad. Alberto Herreros se retiraba tras esa canasta. 69-70. Un buzz beater que recuerda sin ninguna duda al sexto anillo de su majestad, Michael Jordan.

Dusko, acorraladísimo, había caído en la típica trampa de las dos torres que te encierran, y el alfil estaba dispuesto a cumplir su papel ejecutor. Tau había matado a uno (Bullock). Del otro, como de Gurb, no había noticias. Suele pasar. La pieza que te mata no aparece nunca hasta el final…

(Jaque mate)

Boza era el anticuario burlón de La Tabla de Flandes de Pérez Reverte. Dusko... un ademán de Capablanca, el eterno estudioso que nunca quería ganar en la final que duró 15 años.

(FIN)

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