jueves, 19 de noviembre de 2009

El bailarín del Cotton Club


Así le apodaba Andrés Montes. Solo un genio como Montes podía encontrar un calificativo tan acertado para calificar al considerado por muchos (de entre los que me incluyo), mejor pívot de la historia de la NBA. Me refiero a Hakeem Olajuwon, por supuesto.

Su aventura comenzaba allá por 1984. Houston anunciaba la elección del nigeriano en el puesto número 1 del draft. Aquel 1984 fue la mayor bendición para la liga profesional americana en toda su historia (si obviamos el 2003 de Lebron James, Carmelo Anthony, Dwayne Wade o Chris Bosh). Junto al 1 de Olajuwon, un tal Michael Jordan aparecía en el número 3 gracias a la elección de Chicago Bulls; "gordo" Barkley era elegido en quinta posición por los Philadelphia 76ers de Julius Erving, y un jovencísimo John Stockton irrumpía desde un injusto decimo sexto puesto en la primera ronda de los Jazz de Utah. Es decir, el mejor alero, su majestad, el almirante... Jordan (con permiso de Larry Bird); el mejor pivot, Olajuwon (con permiso de Abdul Jabbar); y uno de los mejores bases, Stockton (con permiso de "Magic"), aparecían por primera vez en la primera edición de la NBA tras nuestra tan manida plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Fue sin duda la mejor generación de jugadores de todos los tiempos, aquellos mágicos años 80's. Lakers contra Celtics, Bird contra Magic, Jordan contra Wilkins, y los "Bad Boys" de Detroit contra todos.

Francis Ford Coppola nos contaba ese mismo año (1984) la historia de un club nocturno del popular barrio de Harlem (Nueva York), en la película "El Sueño Eterno: Cotton Club". Las clases pudientes acudían allí llamados por el calor del ambiente bohemio, por su olor a jazz y su inconfundible sello de cabaret añejo, durante la década de los 30, en pleno "New Deal" de Roosvelt. Coppola quería reflejar el aparente contrasentido en la convivencia de dos mundos diametralmente opuestos reflejando el lujo que solo podían permitirse unos pocos, que disfrutaban de la clase de los humildes, de aquellos pocos "privilegiados" que habitaban en un inframundo bastante alejado de toda aquella ostentación, pero que gracias a su clase podían ganarse allí la vida, con las extravagancias de Minnie The Moocher y la voz del incomparable Frank Sinatra.

Era un contrasentido. Pero también lo era la irrupción del joven Akeem en la liga. Su juego de pies sigue siendo aún hoy insuperable, y efectivamente, como decía con cariño Montes, recordaba a uno de los bailarines de aquel cabaret.

video

"The Dream" era su apodo oficial, sin embargo. Cumplió el sueño americano sin ser americano y logró ser respetado por toda una nación que solo encumbra a los héroes, y estos heroes no suelen ser nigerianos. A pequeña escala significaba cumplir el sueño de Martin, y de los colonos africanos de los campos de algodón en Alabama, y de los jóvenes marginados en los "ghettos", esos simulacros de ciudades donde crecieron los modernos "ametralladores" de la liga: Iverson, Marbury o Quentin Richardson, con un ojo puesto en las estrellas y los dos pies en las canchas de Queensland o el Bronx en jornadas maratonianas de basket callejero.

Hakeem llegaba a la liga más prestigiosa de la mano de un también novato David Stern. En los últimos 25 años, Stern se ha convertido en el mejor comisionado de la liga, cambiando completamente la visión sesgada e intrusionista que los americanos tenían de los jugadores extranjeros.

Olajuwon fue quizás, uno de los últimos representantes del basket elegante de los 80. Sin un físico prefabricado en un gimnasio, trabajó su cuerpo disciplinadamente a la antigua usanza, era la fibra personificada, el jugador completo, ágil, versátil, que llegaba a cualquier lugar de las alturas. Sus tapones son tan históricos incluso, o más, que sus dos títulos con Houston, pero para alguien como él,un estilista de la canasta, empezaba a ser extraño lo que veía en las canchas en aquellos años.

Era verano de 1995 y el "pequeño" Hakeem (superaba los siete pies de altura con una envergadura espectacular), vivía su gran momento de explendor. Houston (ciudad de la que nunca se desvinculó, incluso desde su época como jugador universtario), disputaba las finales de la NBA por segundo año consecutivo, y el "34" de la "Ciudad del Viento" ponía a prueba su caché contra un jovencísimo Shaquille O'Neal, líder natural de Orlando Magics, su primera franquicia. Era raro ver a semejante tipo. "Shaq" era, por definición, lo que hoy en día denominaríamos una fuerza de la naturaleza. Con sus cerca de 150 kilos (aunque durante su carrera él mismo ha reconocido sobrepasar la barrera de los 200 en alguna ocasión) y un par de tableros rotos hasta la fecha, el choque de trenes estaba asegurado.

Houston debía defender el título conseguido el año anterior, en una batalla impresionante a 7 partidos contra los Knicks de Pat Ewing. Nuestro protagonista llevaba 10 años en la liga. Había vivido el éxito (ese título del 94), y el fracaso (derrota en el 86 contra los insuperables Celtics), a partes iguales, con la humildad que solo poseen los genios. Era el momento de justificar su caché de lider. Junto a su compañerísimo Clyde Drexler (juntos desde la universidad), debían batir al dúo O'Neal-Penny Hardaway.

Nuestros protagonistas (Hakeem y O'Neal) se odiarían a partir de ahí. Rivales por definición, representaban dos tipos de baloncesto totalmente antagónicos. Era la clase contra la potencia, el baile contra la contundencia, el maestro contra su aprendiz. Era la inflexión del 95. El legado iba a ser para Shaq hasta nuestros días. Pero... ¿Para quién sería la gloria de aquel verano del 95?

Pronto quedaría claro quién tenía el dominio. El 7 de junio Houston ponía el 0-1 en Florida con un espectacular 120-118. Empezaba el camino hacia el anillo para los de Rudy Tomjanovich. Olajuwon disipó todas las dudas que habían generado durante la "regular season", convirtiendo 35 puntos. "The dream" empezaba mandando.

En el segundo partido de la serie, los tejanos batieron un record, incolume hasta nuestros tiempos. Con su victoria por 117-106, se convertían en el primer y único equipo en toda la historia de la NBA en conseguir un 0-2 de inicio en unas finales.
Olajuwon convirtió 34 puntos aquella noche. O'Neal se quedó en 33. La serie (formato 2-3-2), llegaba al Toyota Center.

Sin muchas complicaciones, Orlando iba a "morir" en los dos últimos partidos. A pesar de que luchó el tercero (103-106), en el cuarto no le quedó más remedio que rendirse (101-113), en las últimas finales narradas por Ramon Trecet en TVE. Con un Hakeem espectacular durante toda la serie, arropado por el ganador de anillos, Robert Horry, y por su colega Clyde Drexler, Houston conseguía el doblete.

Fue el final del mito, sus últimos coletazos en lo más alto del baloncesto, pues el MVP de aquella final no volvería a colocarse ningún anillo más, ni siquiera a jugar ninguna final más. Volvía Jordan, y consiguió un triplete mágico con los Bulls hasta 1999.

Olajuwon se retiraba en 2001 en los Raptors de Vince Carter y MacGrady. Ya no quedaba nadie de los "suyos" en la NBA. Jordan lo volvería a intentar con los Wizards en 2003, y un impetuoso Malone, harto de perder firmaba en 2005 por los Lakers. Fue el más maldito de los cracks.

"The dream" había jugado 15 años en las alturas, firmando dos grandes títulos para su franquicia. El 34 cuelga con toda justicia de lo alto del Toyota Center hoy en día. Curiosamente, el año de su retirada, O'Neal comenzó a ganar anillos. Concretamente, tres conscutivos entre 2001 y 2003 junto a su escudero Bryant, más uno en 2006 con Miami Heat. Era el relevo silencioso. Olajuwon y O'Neal lo sabían. El Cotton Club no había cerrado. El maestro del claqué daba paso al maestro del break dance. ¿Quién recogerá el relevo?