domingo, 31 de enero de 2010

Una final que duró 15 años (y III)

A una sola voz, el Buesa Arena era un auténtico clamor aquella tarde del 26 de junio de 2005. “Jota ke, irabazi arte… Jota ke, irabazi arte” (golpea al enemigo, hasta la muerte). Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, y al instante, descubrí que mi frente estaba empapada en sudor. Sólo habían pasado 49 segundos, pero aún no podía creerme lo que acababan de ver mis ojos.

Y pensar que hacía un minuto mi dedo estaba en contacto con el botón de apagado de aquella Phillips de ruleta, aquel milagro de la tecnología que aún funciona… joder que sí lo hace.

Pero, igual que un lobo moribundo se rehace en el reguero de muerte de una pieza de caza abandonada, aquel cántico ordenó formar filas… en el bando contrario, cuando algo muy parecido al aliento que guió las tropas espartanas de Leónidas contra los persas despertó de su letargo a los “Guerreros de Boza”…

La Final de la ACB 2004/2005 quedará para la historia. Con uno de los mayores duelos visto en nuestra liga en la pintura entre Scola y Reyes (que recordaba, por momentos al mítico Fernando Martín versus Audie Norris), lo inverosímil rebasó el límite de lo común en aquellos días de nuevo estío. Fue una semana mágica que sólo descansó en el último suspiro del último partido. Algo imposible de repetir. Sin duda.

Todo comenzaba el día 17. La final arrancaba en feudo baskonista y era de vital importancia para el Tau golpear primero (como dice la canción).

"Ojalá que no tengamos que llegar al partido del domingo 26, pero será una eliminatoria muy dura. Jugamos contra el actual finalista de la Euroliga. El Tau sabe jugar este tipo de partidos, tienen el factor campo a su favor, pero vamos a jugar para ver qué pasa”. Declaraba Maljkovic a la Agencia EFE días antes de la final. Pero alguien de su talla era consciente de que los cinco partidos eran una cita ineludible.

No se arredraron de inicio los pupilos de Dusko ante el Madrid. Tenían cuentas pendientes con un equipo que ya les había ganado 3 veces esa temporada, y lo de Moscú… estaba demasiado reciente. Así que, como una quinceañera celebrando el cumpleaños de una amiga, los de Vitoria salieron a darlo todo en el primer partido.

El popular “Mache, Mache, Mache” del speaker del Buesa Arena sonaba por todas partes. Esta vez el bueno de Arvydas Macijauskas, tan “sólo” anotaba 29 puntos y su equipo entraba en el último cuarto con 11 puntos de ventaja. Si el lituano era la estrella del partido, Boza se guardaba a su cañonero de Washington como revulsivo, y es que Louis Bullock sacó su metralleta para clavar 14 puntos en el último cuarto, y darle la vuelta sorprendentemente al partido. El sufridísimo 82-84 era el primer hecho inverosímil de aquella final. Dusko se tiraría de los pelos (si es que pudiera).

¿Dónde estaba la ortodoxia que él siempre había aprendido?
Esos hechos, aparentemente “objetivos” son objeto de olvido en manuales absolutamente lunáticos de los estudiosos del baloncesto que se llaman entrenadores. Diseñan con tanto ahínco cada jugada, cada partido, que un cambio de guión en forma de derrota añade cicatrices de más mala leche en su próximo ejercicio desde los banquillos. Repasarán tantas veces la misma jugada dentro de sus cabezas que para ellos la perspectiva de que no se puede parar el tiempo cuando éste depende de la fortuna o el destino será sólo cuestión de volver a repasar la jugada, porque la próxima vez no ocurrirá. O eso es lo que se obligan a pensar en sus cábalas.

Y el destino, esta vez, decía nones al perdedor del primer partido. Nunca hasta la fecha una eliminatoria por el título había varado contra el ganador de éste. Pero las eliminatorias por el título y sus monótonas estadísticas no importaban esta vez. Dos hombres serios aparecían sentados uno frente al otro, observándose con mirada severa mientras una mano atravesada por una enorme vena azul hacía vibrar el muelle del pequeño temporizador de color sepia que presidia aquella mesa, parándolo de súbito. Dusko Ivanovic carecía de sus caballos. Éstos colgaban de las manos expertas de Boza, que, en contrapartida, había hecho perecer a algunos de sus peones en el primer envite.

Ahora tocaba rematar.

Dos días después, el Real Madrid entraba triunfal por la misma puerta que dos días antes había entrado distraído. La música coral de pitos, evidente como saludo de bienvenida en Vitoria hacia el odiado equipo de la capital, invadía la entrada de los blancos, henchidos de orgullos ante su última proeza. Un segundo triunfo hundiría las aspiraciones de los vitorianos. Y los de Boza eran absolutamente conscientes de ese detalle.

Pero esta vez Dusko había preparado auténtico jarabe de palo contra Bullock y sus exhibiciones. Nombre en etiqueta: José Manuel Calderón (que merece otro post para él sólo). Se salió literalmente. Y con la ayuda del apático húngaro Kornel David, el de Villanueva de la Serena ponía el empate para el Tau. Un 74-68 que igualaba la serie.

Miércoles 22 de junio. 22:00 de la noche. La gente de Madrid aficionada al baloncesto no se lo puede creer. El sol se despide de la tarde provinciana, pero el último destello ha quemado más de la cuenta. Es el primer aviso de Jaque. Vitoria ha empujado por los flancos y los alfiles asesinos de Dusko (Vidal y Scola, con su último lanzamiento ganador con tres defensas encima de él) han puesto en peligro de muerte a Boza, directamente. Ahora, el perfil orgulloso y aguileño de Ivanovic reluce por fin. La jugada maestra ha salido y el esfuerzo de tantos años por vencer a su maestro va por muy buen camino.

El 2-1 (tras el 81-82) era casi una sentencia de muerte para un entrenador que había llegado a Madrid con la obligación de conseguir la Euroliga, y estaba empezando a perder a su hermana pequeña. Mal asunto. Ahora solo valía ganarlo todo, en un Final de Liga que era el más igualado de la historia, con partidos decidiéndose por una media de 3.0 puntos a favor de cada contrincante. El equilibrio sobre el tablero era más que evidente.

El viernes 24 sólo valía ganar para forzar el quinto y definitivo partido en Vitoria (siguiendo el orden lógico de la serie 2-2-1). Era sí o sí, y además, el pasaporte con destino al infierno le esperaba al Real Madrid de todas formas, ganase (en Vitoria), o perdiese (en las frías páginas de los diarios, que cortarían como filo de Excalibur para los blancos). Era momento de los gladiadores. Y si hay alguien en el mundo de la canasta que represente fielmente el espíritu del indomable cristiano que siente el rugido de los leones es él, Felipe, el hermanísimo de Alfonso. De los Reyes de toda la vida.

Él solito cogió casi los mismos rebotes en ataque (7) que todo el Tau Cerámica (8) aquella tarde. Ese es el terreno de los gladiadores en el baloncesto. Cuando el compañero ha fallado y las alas repliegan fuerzas hacia la defensa amurallada. Ahí, sólo quedan los grandes. Y los tipos que miden 2.04 casi nunca pertenecen a esa especie… salvo que los genes guerreros fluyan por tu sangre. Y ese es el caso del guerrero más ilustre de Boza en aquellos tiempos: Felipe Reyes. El 15+13 del cordobés desquició completamente a los Scola, Splitter, David... Dusko se desesperaba y era expulsado del partido con dos técnicas.

El pupilo se volvía para Vitoria con la mente obtusa. Siempre le faltó tranquilidad en los momentos decisivos. Era ahora cuando la partida iba a tornarse irreversible. Un 88-82 dormía aquella noche en la Plaza de toros de Vistalegre (Madrid). Pero la Copa de la Liga estaba a casi 500 kilómetros de allí, y el domingo reluciría hermosa esperando por fin el desenlace… 15 años después.

… Es que sigo sin creérmelo. Hace media hora acabo de desenchufar el MSN. De verdad, debo controlarme. No sé qué hago contando por ahí fricadas sobre la posición de Felipe Reyes en los tiros libres del rival. Pero con quién comparto yo esto. ¡Nada menos que la historia más grande que han visto mis ojos!

Los aficionados se amontonaban en torno a los colores azul y grana de la bandera de su equipo. Las trompetas y la charanga anunciaban un espectáculo divertido y la confianza era tal que los barriles tranquilos de los bares de Vitoria ya empezaban a temblar solo con el retumbar de las 9.000 almas del Fernando Buesa.

Allí abajo hay un señor que no tiene calor. Su impulsivo gesto de ajuste en su americana azul marina de corte clásico amenaza con diseñar nuevas formas en un cuerpo que ya no encaja firme en ningún lugar abrazado por la tela y el almidón. Está nervioso. Las ojeras de un color inexplicable en sus dilatados ojos, cansados pero alerta, son resultado de mil cávalas, a cada cual más disparatada seguramente, sobre la última jugada de la partida. ¡Está helado, parece una estatua!

A escasos metros, aparece otro señor. También pensativo, también con forma de figura de ajedrez. Como los antiguos, reflexiona ahora encajado sobre su barbilla y con los ojos fijos en el vacío, qué es lo que les dijo el entrenador en 1991. ¿Habría una receta secreta para ganar finales?

“Revolotean mis muchachos. Son muy grandes por estar aquí. Y esperan la última jugada maestra. ¿Por qué este maldito juego se basará en la j… pizarra? A quién intentas engañar Dusko, sabes que no podrías separarte de ella jamás. Joder, míralo, ahí está. ¿Y si voy y le pregunto qué nos dijo hace 15 años? Levanté el título… madre de Dios, fuimos muy felices. ¡Qué putada lo de Drazen! Él tenía que haber estado ahí. Era un jodido orgulloso…”

“… Mierda, ya están los árbitros j… con la señal de los tres minutos. Hostias, y ahora me miran las cámaras. Bah, venga, pues voy y le saludo, le deseo suerte y ya está. Sé tu mismo, que no te vea que estás acojonado, que este lo huele de lejos.”

-Hola Boza. Suerte señor.
-Hola amigo. Suerte a ti también.

“Me ha sonreído. ¿Tanto se me nota que no he dormido? Por Dios Boza, 15 cafés tío. ¿Por qué ni siquiera intentaste dormir, inútil? Bah, está claro, hoy es el día del relevo. Algún día tenía que ser. Si me gana… joder, se lo habrá merecido. Siempre era el primero en llegar a la cancha. Siempre sudaba en primera línea de batalla. Sólo hubiera necesitado una gotita de talento de Kukoc. Pero era tan limitado…”.

Los árbitros dieron la señal de un minuto para el comienzo del partido. Ya no había vuelta atrás. Era la hora de la verdad y sólo quedaría en pie él último justiciero del Rey que quedara vivo sobre el tablero, ese que siempre suele deambular en secreto hasta dar el golpe decisivo en la última jugada…

Esa tarde no sería muy diferente. Nada sorprendió de la primera parte. Los buenos rayaban el óptimo, los demás contemplaban con detalle. Era obligado que alguien ganase. Mache y Bullock; Scola y Felipe. Ellos eran los buenos. 39-41 al descanso favorable al Madrid.

¿Qué nos hace confiar siempre en nuestra voluntad en momentos puntuales? Nadie opina que lo negativo emane de su voluntad, y sin embargo, esa es la primera palabra que se asocia al éxito, junto con la capacidad de sacrificio y el trabajo. Por lo tanto, diremos que este volátil e interesado concepto es una “amable” triquiñuela de nuestro propio orgullo, llamémosle ego. Porque eso, y no nada parecido, era lo que había esa tarde en juego. Bueno, en esa, y en todas las tardes en las que toca competir en una sociedad devota de la disputa entre dos, ávida de héroes y vencidos, de gente que represente lo máximo, a la que haya que adorar, y gente que represente la más absoluta de las miserias, de la que haya que compadecerse.

Y si somos capaces de aislar todo eso, sí, esa tarde tocaba competir. No de manera lúdica, evidentemente, cuando en el deporte de élite jugar es la mayor de las patadas al reglamento de estupideces lingüísticas que emanan de un submundo de incorrecciones en el que comprobar como calientan dos banquillos es de las menores locuras que uno puede escuchar.

Y es que todo es culpa de la buena o mala ventura, como no. Pero el tercer cuarto que se marcó el señor Justin Hamilton fue fruto de su voluntad. Con 11 puntos arriba (42-53), el Real Madrid era, a falta de 13 minutos, un campeón con doble mérito por recuperar el factor cancha y poder ganarle dos de tres en Vitoria al conjunto de la capital vasca.

En situaciones de riesgo es vital mantener la cabeza fría, suelen decir; no emocionarse por si acaso, no soltar demasiada adrenalina y seguir defendiendo. Es baloncesto, al fin y al cabo. Todo puede pasar. Y vaya si pasó. Frío no sé, pero el mormón Travis Hansen se envalentonó para entonar el último “Requiem for a dream”. Él sólo fue capaz de meter un triple de máxima tensión, colgarse del aro a la siguente jugada tras robar el balón, y conectar dos “bombas” perimetrales consecutivas para darle la vuelta a la final. 59-56. 17-3, para ser exactos, porque en baloncesto los tiempos son muy caprichosos y funcionan al azar.

Bullock tenía cuatro faltas. ¿Cúando lo quemo? Debió pensar Boza. Y rebuscó en el banquillo… su gesto, aún impasible como de costumbre, no tenía nada que ver con lo que se revolvía de impotencia por su cabeza. En el banquillo no había otra arma más efectiva.

“Louis, entra al campo, amigo. Que Dios te bendiga”.

Quinta falta de Louis nada más entrar. Tau no baja de los seis puntos de ventaja y sólo Justin Hamilton parece querer plantarles cara. Quedan dos minutos.

Pero… (esto sí es verdad, no es ni voluntario ni azarístico), la magia existe, y los genios no sólo viven dentro de las lámparas.

“Alberto, ven aquí hijo. ¿Eres consciente de cómo está el partido? Pinta mal. Ya lo sé. Venga entra y diles a esos chicos que defiendan. Hay que morir esta tarde. Que Dios te bendiga”.

Antideportiva de Alberto nada más entrar… los Dioses son caprichosos.

Vitoria es un júbilo. El típico “Campeones, Campeones, oé, oé, oé” rivaliza con los primeros compases del “Sutaga…”

Las casas de apuestas se rinden a lo que parece evidente. La victoria del Madrid se paga ya a 500 euros a 1. Los algoritmos matemáticos rigen estos sistemas, y como ejemplos de exactitud, representan la austeridad. Es decir, ya no era un regalo que ganase el Madrid aquella final. Ahora sí que iba a ser necesaria la divinidad suprema.
Pero hay ciertas cosas que no se pueden contar…


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¿Ejercicio de voluntad? ¿Malísima suerte de Dusko y de los suyos? ¿El caprichoso destino?... Quién sabe. Pero esto sucedió de verdad. Alberto Herreros se retiraba tras esa canasta. 69-70. Un buzz beater que recuerda sin ninguna duda al sexto anillo de su majestad, Michael Jordan.

Dusko, acorraladísimo, había caído en la típica trampa de las dos torres que te encierran, y el alfil estaba dispuesto a cumplir su papel ejecutor. Tau había matado a uno (Bullock). Del otro, como de Gurb, no había noticias. Suele pasar. La pieza que te mata no aparece nunca hasta el final…

(Jaque mate)

Boza era el anticuario burlón de La Tabla de Flandes de Pérez Reverte. Dusko... un ademán de Capablanca, el eterno estudioso que nunca quería ganar en la final que duró 15 años.

(FIN)

martes, 12 de enero de 2010

Una final que duró 15 años (Parte II)

"He oído, en no pocas ocasiones, que éste o aquel jugador abandona el club en el que trabaja por, perdonadme la expresión, 'no aguantar más tiempo a ese cabrón que me está amargando la vida'. Efectivamente, ese tipo de técnicos existen. Es verdad. No lo voy a negar. Es más, a dos de esos insoportables y despreciables entrenadores los conozco a las mil maravillas: Bozidar Maljkovic y Dusko Ivanovic. Al primero le tuve como técnico durante cuatro años y con el segundo compartí vestuario durante tres. Tiempo suficiente para saber cómo son y cómo trabajan".

Son las palabras de un veterano de guerra en esto del basket, Velimir Perasovic, el jugón de Fuenlabrada y del Tau. Él tampoco pudo decirle no al gusanillo de los banquillos, y es que, como ya he explicado, algo especial tenía aquella Jugoplastika. Por desgracia, el bueno de Peras tuvo que dejar el mundo de la táctica por problemas cardíacos en 2008, justo cuando en Vitoria ya era casi un héroe como Dusko.

Pero volvamos sobre nuestros pasos. Hace casi una década Dusko llegaba al Tau con las credenciales de sus logros en Francia y Suiza. Encajaba al 100% en la concepción de equipo del Baskonia y quería demostrar que no era una apuesta arriesgada. No solo fue capaz de eso en su primera etapa con en Vitoria, sino que llenó de trofeos las vitrinas del Fernando Buesa Arena.

Ivanovic concebía el baloncesto como una guerra táctica basada en el trabajo y la defensa explotadas al máximo. Estos conceptos los había asimilado durante aquellas jornadas maratonianas de entrenamiento diseñadas por Boza en la Jugoplastika de los 90, en las que solo valía morirse. La imprenta del esfuerzo pronto quedó clara en la capital vasca. En solo una temporada, lograron la copa frente al Barça en casa (rompiendo el hechizo del anfitrión), y llegaron a la Final Four de la Euroliga.

Menudo equipazo aquel Tau. Bennet, Nocioni, Scola, Tomasevic, Oberto… todos ellos quedaron marcados de por vida con las lecciones de “El Sargento de Hierro”, y muchos de ellos están ahora en la NBA, en gran parte, gracias a la “caña” que les dio Ivanovic. Por fin surgía el talento desconocido de Dusko, pero él también sufría un hechizo, precisamente en la competición que encumbró a su maestro. Algo parecido a un fallo multifuncional ocurría en el Baskonia de Dusko delante del gigante llamado Final Four.

Les pasó en 2001, cuando la final se disputaba a cinco partidos. Aquella Kinder de Bolonia, absolutamente irrepetible, con jugadores de la talla de Manu Ginobili o Rashard Griffith remontó en casa una final que perdía por 2-1. Después este formato desapareció. No era buena idea imitar a la NBA. La fiesta tenía mucho más sentido si todo se decidía en un único fin de semana con una sede no fija. Así llegó la revancha del Tau cuatro años después.

Con la Final Four de Moscú, Baskonia iba a luchar por esa Euroliga de la temporada 2004-2005. Y los pupilos de Dusko dieron una auténtica lección la tarde del 6 de mayo frente al CSKA. El anfitrión caía contra todo pronóstico. Ni Papaloukas, Holden, Marcus Brown o David Andersen pudieron parar aquel vendaval que dejaba “helada” la capital europea del frío. Macijauskas sacó su muñeca a relucir consiguiendo 23 puntos y un preciso Calderón en los instantes finales, daban la llave a la final al Tau. Era la venganza contra el “Ceska”, que les había privado de la Final Four la temporada pasada.

En la final esperaba el Macabbi de Tel Aviv. El equipo israelí, todo un clásico entre la élite del basket europeo (a pesar de no ser europeo, estrictamente), era el último muro entre la antigua Copa de Europa, y Dusko Ivanovic.

"Hay presión, pero la presión de jugar una final nunca puede ser negativa, sino todo lo contrario. No hay razón alguna para asustarse y no dar lo mejor de cada uno en la pista", declaraba Dusko antes de la final. Pero la presión llegó, Tau se asustó, y efectivamente, no dio lo mejor de sí en la pista. Las exhibiciones las pusieron Jasikevicius, Parker y compañía, y una vez más, los baskonistas tenían que mirar de reojo el título europeo; era la maldición del hechizado “Sargento de hierro”, Dusko Ivanovic.

Por su parte, Bozidar Maljkovic, con su eterno semblante serio, con su eterna educación y tranquilidad para dirigir, veía esa final por televisión. Había llegado en junio de 2004 a la capital de España y mientras Dusko y sus guerreros se jugaban todo contra Macabbi, el Madrid se concentraba en un balneario de Málaga para el Playoff de Liga. Curiosa iniciativa, tarea de grupo, innovación… lo cierto es que los resultados se verían o no, en muy poco tiempo.

Con un curriculum brillante y su etiqueta de “señuelo” en la Copa de Europa, el Real Madrid fichaba a Boza esperando así recuperar el crédito a nivel continental; y es que hacía diez años que veían por la tele todas las finales, concretamente desde aquel lejano título frente al Olympiakos de Pireo en 1995 por 73-61. Y no parece que Maljkovic se alegrara aquella tarde de la mala suerte de su pupilo; pero tampoco sabía cuál era su papel en la leyenda negra de Dusko. Porque la partida estaba a punto de terminar para siempre.

Desde que ganara su última Copa de Europa con el Panathinaikos en el 96 (ni más ni menos que la cuarta), el de Belgrado se permitió el capricho de seguir entrenando por diversión. Y así llegaba a la Costa Azul en 1998 tras un breve paso por el Racing de París. En sus manos tenía el placer de guiar a la fiera del Martín Carpena, al Unicaja de Málaga. Es la mejor afición de España sin ninguna duda. Consiguió una Copa Korac en 2001 (algo así como la UEFA del baloncesto), que era el segundo título más importante a nivel clubes en el baloncesto europeo, y se la dedicó a su padre, fallecido ese mismo año; y fichó, fichó mucho, y eso es algo que sus detractores aún no le perdonan.


Caprichos como Milan Gurovic, Tanoka Beard, Okulaja o Veljko Mrsic, que vaciaron las arcas de la entidad, no pueden eclipsar, sin embargo, la buena labor de Boza en Málaga. Se inventó a un jovenzuelo llamado Louis Bullock (a posteriori, uno de los mejores escoltas en Europa), y le dio plenos poderes a Don Bernardo Rodríguez, al que nombró capitán. Berni, Junior de oro, cogía el brazalete con apenas 20 años.

Y como relevo de Chus Lázaro, deben estar contentos por Málaga. Hoy aún es capitán del equipo. Carlos Cabezas era el otro Junior de oro, y también tuvo el respeto de Boza desde el principio. Pero el maestro no acabó bien su etapa en Málaga. El club le abría un expediente en 2003 por “rajar” de los árbitros y tras caer con Pamesa en Playoffs, Boza abandonaba el Unicaja definitivamente.

Y así llegó la llamada de Lolo Sainz desde los despachos del Real Madrid. Y después de un duro año de trabajo, el equipo iba viento en popa a toda vela. El carácter impasible de Boza era una evidencia en el recto obrar del equipo blanco y el objetivo prioritario que era ganar la Liga (y de paso asegurarse el Trienio en la Euroliga) ya no era una utopía.

"En la cancha no puede haber democracia, sólo mando yo". Lo dice subrayando las palabras con una sonrisa. "A mí me gusta el diálogo, pero cuando yo crea que es conveniente", insiste suavizando el discurso. "Yo quiero mucho a mis jugadores... porque si no es así los echo antes de empezar la temporada"… se confesaba en una entrevista con El País.

Declaración de intenciones, no por conocida, menos sorprendente. Igual que daba todo por sus jugadores, exigía lo mismo. Así que Boza, más Boza que nunca, tenía la misión de reconstruir un equipo en las últimas. Y puso los ingredientes a su gusto. Primeras intenciones. Louis Bullock de buque insignia. Le había salido bien en Málaga y tenía que ser su “metralleta” en Vistalegre. Sobre él construyó el resto del equipo. Felipe Reyes, Pat Burke, Alberto Herreros… Pero Boza, no lo olvidemos, era un genio. Y los genios hacen magia muy a menudo.

"Pocas veces me equivoco buscando jugadores. Si tengo una pequeña duda no ficho. Tengo amigos yugoslavos por todo el mundo, croatas, serbios o eslovenos porque nosotros no nos guardamos rencor. Tengo una gran red de información que me hace ser el que más sabe del mercado. Lo hacen gratis, además. Gracias a esa red conozco las características humanas de los jugadores y sé si se van a adaptar a mi nivel de exigencia y cómo se van a comportar fuera de la cancha".

Así fichó a un desconocido Axel Hervelle, a una promesa física como Mickael Gelabale y el último conejo de la chistera pero el más decisivo a posteriori, Justin Hamilton. Era su ejército hispánico, el equipo que se llamaba “Los Guerreros de Boza”. Una muesca de más “mala leche” que siempre exigía a Gelabale; una pizca de mesura al defensor Stojic… y sobre todo, unas gotitas de sí mismo. Eran los ingredientes perfectos para triunfar.

Y de la noche a la mañana algunas cosas cambiaron; su vena imprevisible salió a la luz y todos le tacharon de loco. En la estancia en Málaga, Bennett (el ex de Tau) no acababa de recuperarse de sus tobillos, y nadie sabe que le pasó a Mario Stojic; pero el 18 de mayo, el día antes de comenzar la lucha por la Liga frente a la “Penya” (Joventut de Badalona) Boza “cortaba” a dos de sus peones más fundamentales. En lugar de Stojic, un veterano: Jay Larrañaga, avezado triplista irlandés; y en lugar de Bennett, un desconocido que llevaba el jaque en la frente: Justin Hamilton.

El equipo quedaba raro. Sonko se alternaba con el dudoso Hamilton en la dirección, Bullock y Herreros arrastraban viejas lesiones, Antonio Bueno no aportaba lo suficiente… y la “Penya” daba sus problemas. Finalmente sacaron la serie por el factor cancha, ese que también les salvaba poco después contra el increíble “Estu” de Pepu Hernández. El guerrero llegaba con muchos parches, con muchas hostias recibidas y demasiadas necesidades de títulos.

En frente… otro púgil necesitado: el Tau de Dusko Ivanovic, que por una vez, tenía muchas razones para verse superior. Y es que ya le había ganado dos veces a su maestro. Fue en la liga de 2002, en la que se “cargaron” en 3 partidos al Unicaja de Boza; y, curiosamente con el Limoges, precisamente en la Copa Korac 2000 (aquella competición que también ganaría después Maljkovic con el propio Unicaja).

En cuartos, el Tau recibió el primer golpe contra Gran Canaria, pero se recuperaron. Y en semifinales, Unicaja solo alcanzaba a darles un pequeño susto. Pero finalmente el 3-1 se imponía. La final estaba servida. Boza quería la revancha personal y la gloria un año después de su año sabático. Y Dusko sabía que su ciclo de cinco años estaba a punto de terminar en Vitoria. Sólo quería salir con buen sabor de boca, ya que muchos empezaban a bautizarle como “Perdedor de finales” por su adversa fortuna en la Euroliga.

Todo estaba preparado para el gran duelo final, la última partida para bien o para mal. El 17 de mayo de 2005 las espadas apuntarían en todo lo alto. La serie al mejor de 5 partidos comenzaba en Vitoria. Un día antes, los protagonistas parecían serenos. Vestidos de chándal se fotografiaban al lado de la copa, cada uno con su buque insignia: Bullock el de Boza, Scola el de Dusko.

“Espero que sea una final bonita”, aseguraba esa tarde el bueno de Dusko… Lo sería, sin ninguna duda.
(Continuará)

jueves, 7 de enero de 2010

Una final que duró 15 años (Parte I)


Sí, en los 90 Yugoslavia tuvo la mala idea de existir. Eran otros tiempos y en aquella nación había mucho talento para este juego, pero cuando las tropas de Slobodan Milosevic sitiaron Croacia, Tony Kukoc ya no estaba allí. Ni Dino Radja, ni Dusko Ivanovic, ni mucho menos Bozidar Maljkovic. Todos ellos habían huido (Kukoc a Treviso, Radja a Roma…).

Era primero de octubre de 1991 y la tormenta soviética de Varsovia daba sus últimos coletazos a orillas del Mar Adriático. Las disputas étnico-religiosas cerca de las costas de Dalmacia (Dubrovnik, Rikeja) o en ciudades como Vojvodina o Zadar anunciaban el final de la Europa autoritaria, de esa Europa en cuarentena constante desde el asesinato en Sarajevo del archiduque Fernando de Austria en 1914. Yugoslavia perdía la última partida del socialismo en Europa en una guerra moderna, de las llamadas mediáticas… que tristemente todo el mundo vio pero nadie paró. Más de 80.000 militares y casi 20.000 civiles pagaban los excesos de la barbarie que amenazó con ponerle su tercer apellido a la Guerra Mundial.

La muerte del General Tito en 1980 sembraba todas las dudas en la unidad de aquel país. Un simpatizante (con muchos matices) de la URRSS iba a abandonar definitivamente su total vinculación con el enfermo y cuando del Checkpoint Charlie aparecieron tímidamente algunos berlineses del este aquel 9 de noviembre de 1989, todas las dudas quedaron resueltas. El muro de Berlín caía aquella ncohe. Fue el principio del fin. Los generales serbios intentaban imponer por la fuerza un régimen anacrónico que perdió el rumbo al desmoronarse el Pacto de Varsovia, mientras sus repúblicas pedían a gritos paz y soberanía para mejorar la vida de los suyos y subirse al carro del progreso.

Las dudas no eran ideológicas, sino más bien de tipo fisiológico: el hambre, las diferencias sociales y la pasta, que siempre manda. Pues no es de extrañar que el conflicto comenzase en Ljubljana, prolongación natural de la industria Toscana, un auténtico pasaporte hacia el bienestar. Pero en el sur, un Macedonio de a pie no sabía qué era aquello del progreso. Miraban sus bolsillos y no veían absolutamente nada. Y nada era lo que había cambiado allí desde que “El turco” abandonaba por K.o. técnico las costas yugoslavas en 1914. Por lo tanto, dificilísima labor la de unir a tiros un puzle en el que ninguna pieza encajaba ya de forma natural.

Un equipo especial

Ya sea por unas razones u otras, el deporte nacional no podía vivir al margen de todo aquello. En los pabellones algunos decidieron montar guardia y polvorín; era tal el odio en la frontera entre Serbia y Croacia. Seguramente miedo e inseguridad eran los dos sentimientos comunes de la pequeña ciudad de Split, de apenas 200.000 habitantes en aquellas jornadas. Pero como paraíso moderno, algo especial estaba ocurriendo allí.

El nuevo tótem del turismo mundial (declarada Patrimonio de la Humanidad en 1979 por la UNESCO) marcó el tempo de la canasta europea durante unos pocos años. Split acogía al equipo más sorprendente de la historia del baloncesto europeo. Era la Jugoplastika, todo un icono de la fantasía en aquel baloncesto antiquísimo de los 80, en el que mandaba la ortodoxia de la URRSS, que lo ganaba prácticamente todo.

Mucha fantasía, descaro e ilusión de un equipo que rivalizó cara a cara con su vecino lejano de Zagreb (a unos 300 km.), con aquella Cibona de los 112 puntos de Petrovic, que quedó minimizada al mínimo impacto después de las tres Copas de Europa consecutivas de la Jugoplastika en los albores de los 80 (89, 90 y 91 consecutivamente). La magia de contar en sus filas con jugadores croatas, serbios y montenegrinos la rompió para siempre la guerra. Vrankovic y Tabak recogían el relevo de los exiliados para lograr aquel último título.

Sin embargo, ni la guerra ni el exilio forzoso impidieron a los cracks de Split (Kukoc, Dino Radojevic o Velimir Perasovic), acudir a la llamada del gran Drazen Petrovic en los Juegos de Barcelona del 92, en los que una vez más Europa iba a soñar con derrumbar el Imperio de Jordan, Magic, Malone y Larry Bird. Un honroso 117-85 aparecía en lo alto del Palau San Jordi; a favor de EE.UU, por supuesto. Fue la plata más sabrosa de la historia, la que se alzaba dorada en el mundo de los mortales, hijos indefensos del todopoderoso "Dream Team" comandando por Chuck Daly. Croacia hacia historia contra todo pronóstico.

Comienza la final

Pero la final que duró 15 años no estaba por allí, ni de lejos. La partida comenzaba en el vetusto Spaladium Arena de Split. Blancas para “Boza”, negras para Dusko. El talento tocaba al primero en los banquillos. El segundo, nunca comprendió el significado de esa palabra, pero probablemente en alguna enciclopedia aparezca al lado de la palabra disciplina.

De hecho, era el peón más efectivo de Maljkovic dentro de la cancha, aquel peón que siempre buscó de ahí en adelante. Fue Richard Dacoury en el Limoges del 93, Demetrios Alvertis en el Panathinaikos de 1997, Berni Rodríguez en el Unicaja de 2003 y, precisamante un croata en el Madrid de 2005, Mario Stojic. Pizarra, orden y táctica; las tres reglas de oro para Boza, el maestro de crear equipos de Guerreros, el primero en guiar nada menos que a tres equipos distintos hacia el máximo cetro continental para conseguir 4 Copas de Europa.

Su centinela más aventajado cogía su primera pizarra en Friburgo (Suiza). Ya han pasado muchos años desde aquello (16 exactamente), pero el bueno de Dusko sabía que lo suyo no era meter canastas y se puso el mono de faena mientras aún actuaba de jugador en algún partido. A su discutible calidad se sumaba su procedencia. Era de Montenegro, el penúltimo calvario del nacionalismo yugoslavo. Para cualquier montenegrino no era fácil asumir que la independencia no era posible en aquellos días, y muchos renunciaban a jugar con la “Plavi” (selección yugoslava).

Sin embargo, estaba claro que el destino no le iba a poner en la élite como a Kukoc, como a Dino o a “Peras”. Su camino viraba hacia la dirección en los banquillos (un lugar, de hecho, desconocidísimo aún hoy en día para el bueno de Dusko ya que dirige dentro de la cancha… y haber quién le dice nada). Entre los Alpes, cerca de la casa de Heidi y su abuelo, comenzaba la leyenda de “El Sargento de hierro”. Llegó a ser incluso entrenador nacional en 1997, pero allí era como un islote invisible. Desde entonces muchos han sufrido el rigor extenuante de su carácter férreo (que con el tiempo iba a jugar en su contra).

No obstante, su suerte estaba a punto de cambiar y su destino se iba a entrelazar con el de su maestro. Fue en 1999. Ivanovic era nuevo entrenador de Limoges. No pudo esta vez con la Copa de Europa como Boza, pero hizo doblete (liga y copa). Al año siguiente, rey y peón coincidían en España. Dusko se ponía a los mandos del Tau Cerámica (Saski Baskonia, Caja Laboral o como demonios se llame ahora) y Boza cogía por los cuernos al extinto Caja de Ronda (Unicaja actual). No tenían ni idea de lo que iba a ocurrir el 26 de junio de 2005, pero las piezas estaban por fin en el mismo tablero.

(Continuará)