martes, 23 de febrero de 2010

Fran Vázquez, el hombre que siempre esquivó su destino

Debe ser cierto para muchos el dicho de estar en el momento preciso a la hora precisa. Que se lo cuenten si no a Johnny Rogers, que su único mérito como profesional fue estar junto a Jordan el día del mítico sexto anillo (y arruinar al Pamesa Valencia posteriormente, por supuesto); o a John “Spider” Salley, un silencioso center que militó y triunfó en los tres equipos más importantes de las últimas tres décadas en la NBA: los “Bad Boys” de Detroit, en los 80; los Bulls de Jordan, en los 90 (sí, por eso Jordan es el mejor de la historia, no hace falta ser muy listo para ir intuyendo que sus compañeros casi nada aportaron); y finalmente en los Lakers de Bryant y O’Neal en 2001.

Pero, a pesar de la tremenda carambola, no representa la efeméride del oportunismo en el mundo de la canasta.

Este terreno es coto de caza privado para el doble de Will Smith en la máxima liga mundial, Robert Horry. Una gloriosa réplica en el mundo del deporte para el salvador de la tierra en Soy Leyenda. Curioso su caso. Siete veces campeón de un anillo por el cual muchos hasta venderían su alma al diablo, si no lo han hecho ya… (pregunten por Allen Iverson, Vince Carter, Tracy McGrady… todos malditos históricamente), en tres equipos diferentes (Houston, Lakers y Spurs) como Salley, pero con un protagonismo relativo máximo en momentos puntuales.

Por eso, es de suponer que Greg Popovich lo fichara en 2005, no como un competidor por el puesto con Tim Duncan, obviamente, sino como un señuelo para la victoria. Y… voilà, dos anillos para los Spurs (
2005 y 2007).

Pero eventualidades aparte, hay jugadores que nunca sabrán que hubiera pasado en el Día D, a la hora H. Simplemente esquivaron la fortuna durante toda su carrera, aunque esta les persiguiera encarecidamente.

Fran, el camino hacia ningún lugar

Es el caso de nuestro protagonista de hoy. Fran Vázquez, un pivot de 2,09 de estatura y 108 kilos. Se subió muy joven al carro de los acérrimos defensores del basket europeo (esa tendencia un poco snob que pusieron de moda hace algunos años Dejan Bodiroga o Antoine Rigaudeau), y rechazó la golosina de Florida y la NBA, un caramelo con altas dosis de satisfacción.

Fue en 2005, la temporada de eclosión del jugador gallego. Aunque anecdóticamente (ya veremos por qué) comenzara su carrera en Bilbao, Fran se hizo un “crack” tras su paso por Gran Canaria y Unicaja (club en el que había militado también en juveniles). En tres años como profesional (y tan sólo 22 años), la NBA llamaba a sus puertas. El de Lugo se declaró drafteable esa temporada, y el 23 de mayo salía undécimo en el lottery pick por los Orlando Magic.

John Weisbrod, general manager del equipo, había apostado todo por el grandullón de 2,09. Quería armar un proyecto ganador con Fran, junto a jugadores como Howard, Nelson o Turkoglu (a la postre, no andaba muy desencaminado).

Todos saldrían ganando. Unicaja se llevaría más de un millón de euros por el traspaso (necesarios por todos los desmandes de la era Maljkovic), Orlando reforzaría su juego interior, y lo más importante, Fran Vázquez podría demostrar todo su talento en una de las franquicias punteras de la Costa Este.

"Todo ha sido muy especial, los días previos al sorteo, pero ahora tengo que aterrizar e ir asimilando la realidad que se presenta de cara al futuro", declaraba en su momento el de Chantada a la Agencia EFE, añadiendo que “Como lo fue en el sorteo, creo que ahora lo que debo hacer en conseguir entrar a formar parte del mejor baloncesto del mundo y es todo un reto".

Era la noche mágica del draft y la ilusión estaba latente en Vázquez. Allí, delante de todos los ricachones de la liga, en el Madison Square Garden, ya se había hecho la foto de rigor con David Stern. La carrera de Fran estaba a punto de cambiar para siempre. Todo recordaba bastante al caso de Pau. Un jugador muy joven, espigado, con poca experiencia en la liga, y con mucho potencial por explotar. Todos nos ilusionamos verdaderamente.

Pero… cosas del destino, finalmente el jugador declinó. El mundo de la rumorología es amplio (presiones sentimentales, dijeron algunos), y a pesar de que se habló largo y tendido del tema, ciertamente nadie sabe qué le llevó al bueno de Fran a quedarse en casa. Unicaja necesitaba el dinero, y al final el jugador acabó traspasado a Girona, en el equipo de los “millonarios” del Akasvayu, aquella empresa de rusos o españoles que se hacían pasar por rusos, que hundieron el basket histórico de esa tierra.

Sólo un año fue necesario para que Fran fuera consciente de su error. Le vistieron con las mejores galas, pusieron a Raül López, a Gregor Fucka, Terrell Myers… a su disposición. Pero el equipo no funcionaba.

En 2006 Maceiras llamaba a su puerta. Desde Orlando todavía insistían, y el jugador volvía a darles “calabazas”. En su lucha “quijotesca” por triunfar en Europa, Fran le abrió esa puerta al director deportivo del FC Barcelona, y decidió abandonar la ruina de Girona (en 2008 Akasvayu desapareció), para embarcarse en la aventura de Dusko Ivanovic, nuestro célebre perdedor de finales. ¡Vaya pesadilla!

En dos temporadas y media sólo ganaron la Copa del Rey de Málaga en 2007 (por cierto, lugar donde aún le cantan bastantes “lindezas” a Fran siempre que va). El equipo era un desastre. Dusko lo quería dirigir todo a su manera, y no le salía nada. Hizo dimitir a Maceiras, luego dimitió él, sentó durante un año en el banquillo a un tal Marc Gasol (que, curiosamente se marchó “rebotado” a Girona junto con Trías, otro marginado de la banda) y consiguió enfrentar a toda la plantilla contra él.

Un desastre absoluto. En 2008 acababa la pesadilla. Tres años después de perder el tren a Orlando. ¿Seguro que se acababa?

Relativamente. Si bien es cierto que la llegada al banquillo del hombre de la casa Xavi Pascual le dio más equilibrio y tranquilidad al juego de Fran, no es menos verdad que sus decisiones profesionales estaban siendo totalmente pésimas. Sin ser demasiado importante aún en el esquema de su equipo, en 2008 acarició la Liga (mascando su suplencia de Kasun y Marconato).

2009, Space Odissey de Fran Vázquez
Sí. Ganó la Liga y jugó la Final Four de Madrid en la Euroliga. Sí. Hizo las estadísticas de su vida, alcanzó su record de valoración contra el Manresa (28) y en Valladolid puso, como le gustaba decir a Montes, 12 “pinchos de merluza”.

Pero durante el pasado verano, nuestro amigo vio al equipo que le había elegido en la NBA, disputarle una final a los Lakers de Gasol. Y él no estaba allí. Sí estaban Nelson, Turkoglu, Howard, Lewis...

Durante el pasado verano, nuestro amigo dijo no a la Selección de Baloncesto. Y en Polonia Gasol y compañía se llevaron el Oro en el Europeo.
Menos mal que no eligió ser astronauta, pues seguramente le habría tocado montar en el Apolo XII.

¿Sólo casualidades?
Parece que no. Parece que la maldición de tomar malas decisiones le estaban pasando factura a este excepcional jugador. Es que su carrera podría haber sido igual de exitosa que la de Pau. Pero siempre le dijo no.

Cuando no pudo esquivar más su destino
Si las casualidades existen o no, cada uno tendrá su opinión al respecto. Lo que sí es cierto, es que este fin de semana parece que una tremenda casualidad se ha vuelto a cruzar en la vida de Fran Vázquez.

Como el río que los más ancianos del lugar dudan si han visto o no desbordarse durante los últimos diez años, ésta vez Fran ha desbordado todo su caudal de juego. El premio a un juego brillante siempre llega, aunque es una pedrea para una carrera que podría haber sido de gordo.

Y es que este domingo se cerraba la Copa del Rey 2010 de Bilbao, el lugar donde Fran Vázquez comenzaba su carrera, con la consagración como mejor jugador del campeonato para nuestro amigo. Lo votaron los medios de comunicación por encima del mediático Ricky Rubio. Y es que, a pesar de su cabezonería, este joven juega de maravilla.



Con 12 puntos, 4.3 rebotes y 15 de valoración en los tres partidos disputados, es de justicia esta designación. En la final, el Real Madrid fue un juguete en manos del gallego. Les metió 14 puntos sin fallar ni un solo lanzamiento. Machacó en cuatro ocasiones y cogió 4 rebotes, para un total de 18 de valoración. Un gran partido, sin duda.

Lo de la casualidad… para mí es bastante obvio. Pau Gasol comenzó a triunfar después de ganar este mismo premio, allá por 2001. Nadie duda de su precocidad, por supuesto.

Pero Fran aún es joven. A sus 26 años, por fin se ha encontrado con el destino. Está a tiempo de conseguir grandes cosas en el mundo de la canasta. Sería una lástima no verlo al lado de los mejores jugadores del mundo en EE.UU. en el futuro, o en el Mundobasket de Turquía este verano. Todo dependerá de él, por supuesto, pero ojalá que le coja el gustillo a los éxitos que siempre le persiguieron y siempre esquivó. Sería un gran placer para los aficionados a este deporte.

En este vídeo se ve como grandes jugadores como Herreros, Montero o Dueñas se arrepienten de no haber tomado el camino de Fernando Martín, el precursor.

"Tenía 24 años y no quería ser suplente de Reggie Miller... pero, Joder, te quedas con las ganas de decirles a tus hijos... por lo menos un año jugué en la NBA", declaraba nostálgico Alberto Herreros en este buen reportaje de Informe Robinson.


viernes, 12 de febrero de 2010

Got talent?

La NBA es especial. Allí el espectáculo es un recurso energético inagotable. Lo veremos este fin de semana, porque mientras en Cádiz le ponen chirigota, en Las Palmas lo visten de reina o en Río de Janeiro lo bailan a ritmo de sambódromo, Estados Unidos prefiere la ingestión de hot dogs para recibir al carnaval.

Se trata de una organización exagerada. Lo vimos el pasado domingo con la Superbowl; y la primera potencia económica del mundo lo vuelve a repetir siete días después en el estadio de los Cowboys de Dallas. Nada menos que una megaestructura preparada para albergar 100.000 espectadores (quintuplicando el aforo medio del Staples Center o el Madison una tarde cualquiera), lo que supondrá un record guinness de asistencia a un partido de baloncesto.

Va a ser una demostración vasta de poderío de una liga que vuelve a tener el agua al cuello como el año pasado por estas fechas. ¿Motivo? El convenio colectivo. No les cuadran las cuentas a empresas tan altas como New York, Boston o San Antonio y desde la comisión de la liga han propuesto rebajas salariales para los jugadores más veteranos e impuestos de lujo para los equipos que excedan el tope salarial. Los clubes están arruinados y vuelven los rumores de huelga. Desde el sindicato de jugadores, presidido por Derek Fisher, califican de "ridículas" las propuestas de David Stern.

Pero eso no importa cuando se enfrenten el Este contra el Oeste, cuando Shannon Brown desafíe el poder de “KryptoNate” Robinson en el concurso de mates, cuando aparezca Shaquille para marcarse unos pasos de breakdance (aquellos que tanto cautivan a la mujer del hombre al que alguien echó un mal de ojo esta temporada, Gilbert Arenas; cornudo y pistolero, cual versión del prototipo de americano que todos conocemos).

El lunes todo tendrá un regusto a fiesta de cumpleaños. La digestión promete ser muy pesada… y es que no nos engañemos, será una cena americana, copiosa y extravagante.


Aún así, cualquier aficionado a este deporte no se lo perderá. En España tenemos dos razones barbudas de peso: los hermanos Gasol. Uno aparecerá por el partido del Got milk? O lo que es lo mismo, Rookies Vs. Sophomores. Los de segundo año parten con más opciones, a priori. Los OJ Mayo, Marc Gasol, Michael Beasley o Rusell Westbrook parecen demasiado para una hornada de novatos que poco está demostrando y que tendrá que confiarlo todo al irregular y últimamente desaparecido Brandon Jennings y a un proyecto de All-Star que está incubando la capital de California, Tyreke Evans. El de Sacramento (quizá, al lado de su compañero israelí Omri Casspi), será el principal argumento para intentar el milagro.

El mayor de los Gasol, Pau ha sumado más de un millón de votos por Internet, y se cuela por tercera vez en una fiesta que no va con él. Pau es All Star por derecho de admisión aunque no lo veremos en el quinteto inicial. Ha entrado después de que durante muchos años “Yankeeworld” le dijera… “No nos gustas, no das espectáculo”.

Pero Pau es el tío más inteligente que ha pisado las pistas de parket oscuro americano en muchos años. El domingo será suplente de un jugador anclado en sus cualidades físicas, que nunca fueron eternas, y con una tara de talento a veces desagradable: Amare Stoudamire.

Pero todos los ojos se posarán esta vez en el jugador más joven en alcanzar los 14.000 puntos (se dice pronto), Lebron James. El MVP de la pasada temporada regular jugará su octavo partido de las estrellas (si contamos los dos que disputó como novato y jugador de segundo año).

King James contra nadie

Porque hace dos años Lebron pudo a Kobe. El año pasado Kobe pudo con Lebron. Ningún duelo Jordanesco tendrá lugar este año. Bryant está lesionado. Se pospone esta vez el duelo al sol de los dos únicos dignos de comparación con “Su Alteza”.

En un ejercicio de futurismo me apuesto la perilla (y no la pierdo), a que el niño más precoz de todos los tiempos en la NBA (fundador del club “Al salir de clase”, con el que Andrés Montes calificaba a los jugadores que daban el salto a la NBA desde High School sin pasar por la Universidad) será el MVP el domingo por la noche. ¿Quién le va a negar el caramelo a la máquina más perfecta que ha creado este deporte?

Nadie. Por aquello de la honrilla, Texas apoyará al “local” Dirk Nowitzki, (finalmente, también estará el domingo Jason Kidd, que sustituye a Kobe Bryant; un aliciente extra para la afición) pero el Oeste perderá ante el estilismo de Wade y la fuerza bruta de Lebron. Productos del 2003, la mejor cantera de la historia reciente de la liga, los dos cogeran sus bártulos este verano para lanzarse a la aventura más apasionante que verán sus bolsillos jamás... algo así como una proclama a teñir su musculado cuerpo negro del oro verde americano. No exagero en cuanto al metal, porque humildemente 25 millones de dólares al año le hacen replantearse a uno que caprichillo o golosina le gustaría para su cumple (así ocurre luego que se encaprichan de estatuas de 70 millones, como un ruso que quería comprarse España…).

No sería de extrañar que un ejército de general managers intente echar sus zarpas sobre estos dos genios durante estos días. ¿Acabará alguno en la “Gran Manzana”? Porque en la ciudad del despilfarro llevan ya 40 años sin anillo.

Será interesante constatarlo.

Los partidos durarán muchas horas, quizás tres, porque así State Farm engordará a más americanos. Por lo tanto, si eres de los perezosos del… ¿Qué me pongo?; Joder, si ya no me cabe mi traje de Mario Bros… no lo dude, All Star Game.

...

El baloncesto también tiene tiempo para emocionarse... Uno de los mejores directos que he visto en los últimos tiempos.



domingo, 31 de enero de 2010

Una final que duró 15 años (y III)

A una sola voz, el Buesa Arena era un auténtico clamor aquella tarde del 26 de junio de 2005. “Jota ke, irabazi arte… Jota ke, irabazi arte” (golpea al enemigo, hasta la muerte). Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, y al instante, descubrí que mi frente estaba empapada en sudor. Sólo habían pasado 49 segundos, pero aún no podía creerme lo que acababan de ver mis ojos.

Y pensar que hacía un minuto mi dedo estaba en contacto con el botón de apagado de aquella Phillips de ruleta, aquel milagro de la tecnología que aún funciona… joder que sí lo hace.

Pero, igual que un lobo moribundo se rehace en el reguero de muerte de una pieza de caza abandonada, aquel cántico ordenó formar filas… en el bando contrario, cuando algo muy parecido al aliento que guió las tropas espartanas de Leónidas contra los persas despertó de su letargo a los “Guerreros de Boza”…

La Final de la ACB 2004/2005 quedará para la historia. Con uno de los mayores duelos visto en nuestra liga en la pintura entre Scola y Reyes (que recordaba, por momentos al mítico Fernando Martín versus Audie Norris), lo inverosímil rebasó el límite de lo común en aquellos días de nuevo estío. Fue una semana mágica que sólo descansó en el último suspiro del último partido. Algo imposible de repetir. Sin duda.

Todo comenzaba el día 17. La final arrancaba en feudo baskonista y era de vital importancia para el Tau golpear primero (como dice la canción).

"Ojalá que no tengamos que llegar al partido del domingo 26, pero será una eliminatoria muy dura. Jugamos contra el actual finalista de la Euroliga. El Tau sabe jugar este tipo de partidos, tienen el factor campo a su favor, pero vamos a jugar para ver qué pasa”. Declaraba Maljkovic a la Agencia EFE días antes de la final. Pero alguien de su talla era consciente de que los cinco partidos eran una cita ineludible.

No se arredraron de inicio los pupilos de Dusko ante el Madrid. Tenían cuentas pendientes con un equipo que ya les había ganado 3 veces esa temporada, y lo de Moscú… estaba demasiado reciente. Así que, como una quinceañera celebrando el cumpleaños de una amiga, los de Vitoria salieron a darlo todo en el primer partido.

El popular “Mache, Mache, Mache” del speaker del Buesa Arena sonaba por todas partes. Esta vez el bueno de Arvydas Macijauskas, tan “sólo” anotaba 29 puntos y su equipo entraba en el último cuarto con 11 puntos de ventaja. Si el lituano era la estrella del partido, Boza se guardaba a su cañonero de Washington como revulsivo, y es que Louis Bullock sacó su metralleta para clavar 14 puntos en el último cuarto, y darle la vuelta sorprendentemente al partido. El sufridísimo 82-84 era el primer hecho inverosímil de aquella final. Dusko se tiraría de los pelos (si es que pudiera).

¿Dónde estaba la ortodoxia que él siempre había aprendido?
Esos hechos, aparentemente “objetivos” son objeto de olvido en manuales absolutamente lunáticos de los estudiosos del baloncesto que se llaman entrenadores. Diseñan con tanto ahínco cada jugada, cada partido, que un cambio de guión en forma de derrota añade cicatrices de más mala leche en su próximo ejercicio desde los banquillos. Repasarán tantas veces la misma jugada dentro de sus cabezas que para ellos la perspectiva de que no se puede parar el tiempo cuando éste depende de la fortuna o el destino será sólo cuestión de volver a repasar la jugada, porque la próxima vez no ocurrirá. O eso es lo que se obligan a pensar en sus cábalas.

Y el destino, esta vez, decía nones al perdedor del primer partido. Nunca hasta la fecha una eliminatoria por el título había varado contra el ganador de éste. Pero las eliminatorias por el título y sus monótonas estadísticas no importaban esta vez. Dos hombres serios aparecían sentados uno frente al otro, observándose con mirada severa mientras una mano atravesada por una enorme vena azul hacía vibrar el muelle del pequeño temporizador de color sepia que presidia aquella mesa, parándolo de súbito. Dusko Ivanovic carecía de sus caballos. Éstos colgaban de las manos expertas de Boza, que, en contrapartida, había hecho perecer a algunos de sus peones en el primer envite.

Ahora tocaba rematar.

Dos días después, el Real Madrid entraba triunfal por la misma puerta que dos días antes había entrado distraído. La música coral de pitos, evidente como saludo de bienvenida en Vitoria hacia el odiado equipo de la capital, invadía la entrada de los blancos, henchidos de orgullos ante su última proeza. Un segundo triunfo hundiría las aspiraciones de los vitorianos. Y los de Boza eran absolutamente conscientes de ese detalle.

Pero esta vez Dusko había preparado auténtico jarabe de palo contra Bullock y sus exhibiciones. Nombre en etiqueta: José Manuel Calderón (que merece otro post para él sólo). Se salió literalmente. Y con la ayuda del apático húngaro Kornel David, el de Villanueva de la Serena ponía el empate para el Tau. Un 74-68 que igualaba la serie.

Miércoles 22 de junio. 22:00 de la noche. La gente de Madrid aficionada al baloncesto no se lo puede creer. El sol se despide de la tarde provinciana, pero el último destello ha quemado más de la cuenta. Es el primer aviso de Jaque. Vitoria ha empujado por los flancos y los alfiles asesinos de Dusko (Vidal y Scola, con su último lanzamiento ganador con tres defensas encima de él) han puesto en peligro de muerte a Boza, directamente. Ahora, el perfil orgulloso y aguileño de Ivanovic reluce por fin. La jugada maestra ha salido y el esfuerzo de tantos años por vencer a su maestro va por muy buen camino.

El 2-1 (tras el 81-82) era casi una sentencia de muerte para un entrenador que había llegado a Madrid con la obligación de conseguir la Euroliga, y estaba empezando a perder a su hermana pequeña. Mal asunto. Ahora solo valía ganarlo todo, en un Final de Liga que era el más igualado de la historia, con partidos decidiéndose por una media de 3.0 puntos a favor de cada contrincante. El equilibrio sobre el tablero era más que evidente.

El viernes 24 sólo valía ganar para forzar el quinto y definitivo partido en Vitoria (siguiendo el orden lógico de la serie 2-2-1). Era sí o sí, y además, el pasaporte con destino al infierno le esperaba al Real Madrid de todas formas, ganase (en Vitoria), o perdiese (en las frías páginas de los diarios, que cortarían como filo de Excalibur para los blancos). Era momento de los gladiadores. Y si hay alguien en el mundo de la canasta que represente fielmente el espíritu del indomable cristiano que siente el rugido de los leones es él, Felipe, el hermanísimo de Alfonso. De los Reyes de toda la vida.

Él solito cogió casi los mismos rebotes en ataque (7) que todo el Tau Cerámica (8) aquella tarde. Ese es el terreno de los gladiadores en el baloncesto. Cuando el compañero ha fallado y las alas repliegan fuerzas hacia la defensa amurallada. Ahí, sólo quedan los grandes. Y los tipos que miden 2.04 casi nunca pertenecen a esa especie… salvo que los genes guerreros fluyan por tu sangre. Y ese es el caso del guerrero más ilustre de Boza en aquellos tiempos: Felipe Reyes. El 15+13 del cordobés desquició completamente a los Scola, Splitter, David... Dusko se desesperaba y era expulsado del partido con dos técnicas.

El pupilo se volvía para Vitoria con la mente obtusa. Siempre le faltó tranquilidad en los momentos decisivos. Era ahora cuando la partida iba a tornarse irreversible. Un 88-82 dormía aquella noche en la Plaza de toros de Vistalegre (Madrid). Pero la Copa de la Liga estaba a casi 500 kilómetros de allí, y el domingo reluciría hermosa esperando por fin el desenlace… 15 años después.

… Es que sigo sin creérmelo. Hace media hora acabo de desenchufar el MSN. De verdad, debo controlarme. No sé qué hago contando por ahí fricadas sobre la posición de Felipe Reyes en los tiros libres del rival. Pero con quién comparto yo esto. ¡Nada menos que la historia más grande que han visto mis ojos!

Los aficionados se amontonaban en torno a los colores azul y grana de la bandera de su equipo. Las trompetas y la charanga anunciaban un espectáculo divertido y la confianza era tal que los barriles tranquilos de los bares de Vitoria ya empezaban a temblar solo con el retumbar de las 9.000 almas del Fernando Buesa.

Allí abajo hay un señor que no tiene calor. Su impulsivo gesto de ajuste en su americana azul marina de corte clásico amenaza con diseñar nuevas formas en un cuerpo que ya no encaja firme en ningún lugar abrazado por la tela y el almidón. Está nervioso. Las ojeras de un color inexplicable en sus dilatados ojos, cansados pero alerta, son resultado de mil cávalas, a cada cual más disparatada seguramente, sobre la última jugada de la partida. ¡Está helado, parece una estatua!

A escasos metros, aparece otro señor. También pensativo, también con forma de figura de ajedrez. Como los antiguos, reflexiona ahora encajado sobre su barbilla y con los ojos fijos en el vacío, qué es lo que les dijo el entrenador en 1991. ¿Habría una receta secreta para ganar finales?

“Revolotean mis muchachos. Son muy grandes por estar aquí. Y esperan la última jugada maestra. ¿Por qué este maldito juego se basará en la j… pizarra? A quién intentas engañar Dusko, sabes que no podrías separarte de ella jamás. Joder, míralo, ahí está. ¿Y si voy y le pregunto qué nos dijo hace 15 años? Levanté el título… madre de Dios, fuimos muy felices. ¡Qué putada lo de Drazen! Él tenía que haber estado ahí. Era un jodido orgulloso…”

“… Mierda, ya están los árbitros j… con la señal de los tres minutos. Hostias, y ahora me miran las cámaras. Bah, venga, pues voy y le saludo, le deseo suerte y ya está. Sé tu mismo, que no te vea que estás acojonado, que este lo huele de lejos.”

-Hola Boza. Suerte señor.
-Hola amigo. Suerte a ti también.

“Me ha sonreído. ¿Tanto se me nota que no he dormido? Por Dios Boza, 15 cafés tío. ¿Por qué ni siquiera intentaste dormir, inútil? Bah, está claro, hoy es el día del relevo. Algún día tenía que ser. Si me gana… joder, se lo habrá merecido. Siempre era el primero en llegar a la cancha. Siempre sudaba en primera línea de batalla. Sólo hubiera necesitado una gotita de talento de Kukoc. Pero era tan limitado…”.

Los árbitros dieron la señal de un minuto para el comienzo del partido. Ya no había vuelta atrás. Era la hora de la verdad y sólo quedaría en pie él último justiciero del Rey que quedara vivo sobre el tablero, ese que siempre suele deambular en secreto hasta dar el golpe decisivo en la última jugada…

Esa tarde no sería muy diferente. Nada sorprendió de la primera parte. Los buenos rayaban el óptimo, los demás contemplaban con detalle. Era obligado que alguien ganase. Mache y Bullock; Scola y Felipe. Ellos eran los buenos. 39-41 al descanso favorable al Madrid.

¿Qué nos hace confiar siempre en nuestra voluntad en momentos puntuales? Nadie opina que lo negativo emane de su voluntad, y sin embargo, esa es la primera palabra que se asocia al éxito, junto con la capacidad de sacrificio y el trabajo. Por lo tanto, diremos que este volátil e interesado concepto es una “amable” triquiñuela de nuestro propio orgullo, llamémosle ego. Porque eso, y no nada parecido, era lo que había esa tarde en juego. Bueno, en esa, y en todas las tardes en las que toca competir en una sociedad devota de la disputa entre dos, ávida de héroes y vencidos, de gente que represente lo máximo, a la que haya que adorar, y gente que represente la más absoluta de las miserias, de la que haya que compadecerse.

Y si somos capaces de aislar todo eso, sí, esa tarde tocaba competir. No de manera lúdica, evidentemente, cuando en el deporte de élite jugar es la mayor de las patadas al reglamento de estupideces lingüísticas que emanan de un submundo de incorrecciones en el que comprobar como calientan dos banquillos es de las menores locuras que uno puede escuchar.

Y es que todo es culpa de la buena o mala ventura, como no. Pero el tercer cuarto que se marcó el señor Justin Hamilton fue fruto de su voluntad. Con 11 puntos arriba (42-53), el Real Madrid era, a falta de 13 minutos, un campeón con doble mérito por recuperar el factor cancha y poder ganarle dos de tres en Vitoria al conjunto de la capital vasca.

En situaciones de riesgo es vital mantener la cabeza fría, suelen decir; no emocionarse por si acaso, no soltar demasiada adrenalina y seguir defendiendo. Es baloncesto, al fin y al cabo. Todo puede pasar. Y vaya si pasó. Frío no sé, pero el mormón Travis Hansen se envalentonó para entonar el último “Requiem for a dream”. Él sólo fue capaz de meter un triple de máxima tensión, colgarse del aro a la siguente jugada tras robar el balón, y conectar dos “bombas” perimetrales consecutivas para darle la vuelta a la final. 59-56. 17-3, para ser exactos, porque en baloncesto los tiempos son muy caprichosos y funcionan al azar.

Bullock tenía cuatro faltas. ¿Cúando lo quemo? Debió pensar Boza. Y rebuscó en el banquillo… su gesto, aún impasible como de costumbre, no tenía nada que ver con lo que se revolvía de impotencia por su cabeza. En el banquillo no había otra arma más efectiva.

“Louis, entra al campo, amigo. Que Dios te bendiga”.

Quinta falta de Louis nada más entrar. Tau no baja de los seis puntos de ventaja y sólo Justin Hamilton parece querer plantarles cara. Quedan dos minutos.

Pero… (esto sí es verdad, no es ni voluntario ni azarístico), la magia existe, y los genios no sólo viven dentro de las lámparas.

“Alberto, ven aquí hijo. ¿Eres consciente de cómo está el partido? Pinta mal. Ya lo sé. Venga entra y diles a esos chicos que defiendan. Hay que morir esta tarde. Que Dios te bendiga”.

Antideportiva de Alberto nada más entrar… los Dioses son caprichosos.

Vitoria es un júbilo. El típico “Campeones, Campeones, oé, oé, oé” rivaliza con los primeros compases del “Sutaga…”

Las casas de apuestas se rinden a lo que parece evidente. La victoria del Madrid se paga ya a 500 euros a 1. Los algoritmos matemáticos rigen estos sistemas, y como ejemplos de exactitud, representan la austeridad. Es decir, ya no era un regalo que ganase el Madrid aquella final. Ahora sí que iba a ser necesaria la divinidad suprema.
Pero hay ciertas cosas que no se pueden contar…





¿Ejercicio de voluntad? ¿Malísima suerte de Dusko y de los suyos? ¿El caprichoso destino?... Quién sabe. Pero esto sucedió de verdad. Alberto Herreros se retiraba tras esa canasta. 69-70. Un buzz beater que recuerda sin ninguna duda al sexto anillo de su majestad, Michael Jordan.

Dusko, acorraladísimo, había caído en la típica trampa de las dos torres que te encierran, y el alfil estaba dispuesto a cumplir su papel ejecutor. Tau había matado a uno (Bullock). Del otro, como de Gurb, no había noticias. Suele pasar. La pieza que te mata no aparece nunca hasta el final…

(Jaque mate)

Boza era el anticuario burlón de La Tabla de Flandes de Pérez Reverte. Dusko... un ademán de Capablanca, el eterno estudioso que nunca quería ganar en la final que duró 15 años.

(FIN)

martes, 12 de enero de 2010

Una final que duró 15 años (Parte II)

"He oído, en no pocas ocasiones, que éste o aquel jugador abandona el club en el que trabaja por, perdonadme la expresión, 'no aguantar más tiempo a ese cabrón que me está amargando la vida'. Efectivamente, ese tipo de técnicos existen. Es verdad. No lo voy a negar. Es más, a dos de esos insoportables y despreciables entrenadores los conozco a las mil maravillas: Bozidar Maljkovic y Dusko Ivanovic. Al primero le tuve como técnico durante cuatro años y con el segundo compartí vestuario durante tres. Tiempo suficiente para saber cómo son y cómo trabajan".

Son las palabras de un veterano de guerra en esto del basket, Velimir Perasovic, el jugón de Fuenlabrada y del Tau. Él tampoco pudo decirle no al gusanillo de los banquillos, y es que, como ya he explicado, algo especial tenía aquella Jugoplastika. Por desgracia, el bueno de Peras tuvo que dejar el mundo de la táctica por problemas cardíacos en 2008, justo cuando en Vitoria ya era casi un héroe como Dusko.

Pero volvamos sobre nuestros pasos. Hace casi una década Dusko llegaba al Tau con las credenciales de sus logros en Francia y Suiza. Encajaba al 100% en la concepción de equipo del Baskonia y quería demostrar que no era una apuesta arriesgada. No solo fue capaz de eso en su primera etapa con en Vitoria, sino que llenó de trofeos las vitrinas del Fernando Buesa Arena.

Ivanovic concebía el baloncesto como una guerra táctica basada en el trabajo y la defensa explotadas al máximo. Estos conceptos los había asimilado durante aquellas jornadas maratonianas de entrenamiento diseñadas por Boza en la Jugoplastika de los 90, en las que solo valía morirse. La imprenta del esfuerzo pronto quedó clara en la capital vasca. En solo una temporada, lograron la copa frente al Barça en casa (rompiendo el hechizo del anfitrión), y llegaron a la Final Four de la Euroliga.

Menudo equipazo aquel Tau. Bennet, Nocioni, Scola, Tomasevic, Oberto… todos ellos quedaron marcados de por vida con las lecciones de “El Sargento de Hierro”, y muchos de ellos están ahora en la NBA, en gran parte, gracias a la “caña” que les dio Ivanovic. Por fin surgía el talento desconocido de Dusko, pero él también sufría un hechizo, precisamente en la competición que encumbró a su maestro. Algo parecido a un fallo multifuncional ocurría en el Baskonia de Dusko delante del gigante llamado Final Four.

Les pasó en 2001, cuando la final se disputaba a cinco partidos. Aquella Kinder de Bolonia, absolutamente irrepetible, con jugadores de la talla de Manu Ginobili o Rashard Griffith remontó en casa una final que perdía por 2-1. Después este formato desapareció. No era buena idea imitar a la NBA. La fiesta tenía mucho más sentido si todo se decidía en un único fin de semana con una sede no fija. Así llegó la revancha del Tau cuatro años después.

Con la Final Four de Moscú, Baskonia iba a luchar por esa Euroliga de la temporada 2004-2005. Y los pupilos de Dusko dieron una auténtica lección la tarde del 6 de mayo frente al CSKA. El anfitrión caía contra todo pronóstico. Ni Papaloukas, Holden, Marcus Brown o David Andersen pudieron parar aquel vendaval que dejaba “helada” la capital europea del frío. Macijauskas sacó su muñeca a relucir consiguiendo 23 puntos y un preciso Calderón en los instantes finales, daban la llave a la final al Tau. Era la venganza contra el “Ceska”, que les había privado de la Final Four la temporada pasada.

En la final esperaba el Macabbi de Tel Aviv. El equipo israelí, todo un clásico entre la élite del basket europeo (a pesar de no ser europeo, estrictamente), era el último muro entre la antigua Copa de Europa, y Dusko Ivanovic.

"Hay presión, pero la presión de jugar una final nunca puede ser negativa, sino todo lo contrario. No hay razón alguna para asustarse y no dar lo mejor de cada uno en la pista", declaraba Dusko antes de la final. Pero la presión llegó, Tau se asustó, y efectivamente, no dio lo mejor de sí en la pista. Las exhibiciones las pusieron Jasikevicius, Parker y compañía, y una vez más, los baskonistas tenían que mirar de reojo el título europeo; era la maldición del hechizado “Sargento de hierro”, Dusko Ivanovic.

Por su parte, Bozidar Maljkovic, con su eterno semblante serio, con su eterna educación y tranquilidad para dirigir, veía esa final por televisión. Había llegado en junio de 2004 a la capital de España y mientras Dusko y sus guerreros se jugaban todo contra Macabbi, el Madrid se concentraba en un balneario de Málaga para el Playoff de Liga. Curiosa iniciativa, tarea de grupo, innovación… lo cierto es que los resultados se verían o no, en muy poco tiempo.

Con un curriculum brillante y su etiqueta de “señuelo” en la Copa de Europa, el Real Madrid fichaba a Boza esperando así recuperar el crédito a nivel continental; y es que hacía diez años que veían por la tele todas las finales, concretamente desde aquel lejano título frente al Olympiakos de Pireo en 1995 por 73-61. Y no parece que Maljkovic se alegrara aquella tarde de la mala suerte de su pupilo; pero tampoco sabía cuál era su papel en la leyenda negra de Dusko. Porque la partida estaba a punto de terminar para siempre.

Desde que ganara su última Copa de Europa con el Panathinaikos en el 96 (ni más ni menos que la cuarta), el de Belgrado se permitió el capricho de seguir entrenando por diversión. Y así llegaba a la Costa Azul en 1998 tras un breve paso por el Racing de París. En sus manos tenía el placer de guiar a la fiera del Martín Carpena, al Unicaja de Málaga. Es la mejor afición de España sin ninguna duda. Consiguió una Copa Korac en 2001 (algo así como la UEFA del baloncesto), que era el segundo título más importante a nivel clubes en el baloncesto europeo, y se la dedicó a su padre, fallecido ese mismo año; y fichó, fichó mucho, y eso es algo que sus detractores aún no le perdonan.


Caprichos como Milan Gurovic, Tanoka Beard, Okulaja o Veljko Mrsic, que vaciaron las arcas de la entidad, no pueden eclipsar, sin embargo, la buena labor de Boza en Málaga. Se inventó a un jovenzuelo llamado Louis Bullock (a posteriori, uno de los mejores escoltas en Europa), y le dio plenos poderes a Don Bernardo Rodríguez, al que nombró capitán. Berni, Junior de oro, cogía el brazalete con apenas 20 años.

Y como relevo de Chus Lázaro, deben estar contentos por Málaga. Hoy aún es capitán del equipo. Carlos Cabezas era el otro Junior de oro, y también tuvo el respeto de Boza desde el principio. Pero el maestro no acabó bien su etapa en Málaga. El club le abría un expediente en 2003 por “rajar” de los árbitros y tras caer con Pamesa en Playoffs, Boza abandonaba el Unicaja definitivamente.

Y así llegó la llamada de Lolo Sainz desde los despachos del Real Madrid. Y después de un duro año de trabajo, el equipo iba viento en popa a toda vela. El carácter impasible de Boza era una evidencia en el recto obrar del equipo blanco y el objetivo prioritario que era ganar la Liga (y de paso asegurarse el Trienio en la Euroliga) ya no era una utopía.

"En la cancha no puede haber democracia, sólo mando yo". Lo dice subrayando las palabras con una sonrisa. "A mí me gusta el diálogo, pero cuando yo crea que es conveniente", insiste suavizando el discurso. "Yo quiero mucho a mis jugadores... porque si no es así los echo antes de empezar la temporada"… se confesaba en una entrevista con El País.

Declaración de intenciones, no por conocida, menos sorprendente. Igual que daba todo por sus jugadores, exigía lo mismo. Así que Boza, más Boza que nunca, tenía la misión de reconstruir un equipo en las últimas. Y puso los ingredientes a su gusto. Primeras intenciones. Louis Bullock de buque insignia. Le había salido bien en Málaga y tenía que ser su “metralleta” en Vistalegre. Sobre él construyó el resto del equipo. Felipe Reyes, Pat Burke, Alberto Herreros… Pero Boza, no lo olvidemos, era un genio. Y los genios hacen magia muy a menudo.

"Pocas veces me equivoco buscando jugadores. Si tengo una pequeña duda no ficho. Tengo amigos yugoslavos por todo el mundo, croatas, serbios o eslovenos porque nosotros no nos guardamos rencor. Tengo una gran red de información que me hace ser el que más sabe del mercado. Lo hacen gratis, además. Gracias a esa red conozco las características humanas de los jugadores y sé si se van a adaptar a mi nivel de exigencia y cómo se van a comportar fuera de la cancha".

Así fichó a un desconocido Axel Hervelle, a una promesa física como Mickael Gelabale y el último conejo de la chistera pero el más decisivo a posteriori, Justin Hamilton. Era su ejército hispánico, el equipo que se llamaba “Los Guerreros de Boza”. Una muesca de más “mala leche” que siempre exigía a Gelabale; una pizca de mesura al defensor Stojic… y sobre todo, unas gotitas de sí mismo. Eran los ingredientes perfectos para triunfar.

Y de la noche a la mañana algunas cosas cambiaron; su vena imprevisible salió a la luz y todos le tacharon de loco. En la estancia en Málaga, Bennett (el ex de Tau) no acababa de recuperarse de sus tobillos, y nadie sabe que le pasó a Mario Stojic; pero el 18 de mayo, el día antes de comenzar la lucha por la Liga frente a la “Penya” (Joventut de Badalona) Boza “cortaba” a dos de sus peones más fundamentales. En lugar de Stojic, un veterano: Jay Larrañaga, avezado triplista irlandés; y en lugar de Bennett, un desconocido que llevaba el jaque en la frente: Justin Hamilton.

El equipo quedaba raro. Sonko se alternaba con el dudoso Hamilton en la dirección, Bullock y Herreros arrastraban viejas lesiones, Antonio Bueno no aportaba lo suficiente… y la “Penya” daba sus problemas. Finalmente sacaron la serie por el factor cancha, ese que también les salvaba poco después contra el increíble “Estu” de Pepu Hernández. El guerrero llegaba con muchos parches, con muchas hostias recibidas y demasiadas necesidades de títulos.

En frente… otro púgil necesitado: el Tau de Dusko Ivanovic, que por una vez, tenía muchas razones para verse superior. Y es que ya le había ganado dos veces a su maestro. Fue en la liga de 2002, en la que se “cargaron” en 3 partidos al Unicaja de Boza; y, curiosamente con el Limoges, precisamente en la Copa Korac 2000 (aquella competición que también ganaría después Maljkovic con el propio Unicaja).

En cuartos, el Tau recibió el primer golpe contra Gran Canaria, pero se recuperaron. Y en semifinales, Unicaja solo alcanzaba a darles un pequeño susto. Pero finalmente el 3-1 se imponía. La final estaba servida. Boza quería la revancha personal y la gloria un año después de su año sabático. Y Dusko sabía que su ciclo de cinco años estaba a punto de terminar en Vitoria. Sólo quería salir con buen sabor de boca, ya que muchos empezaban a bautizarle como “Perdedor de finales” por su adversa fortuna en la Euroliga.

Todo estaba preparado para el gran duelo final, la última partida para bien o para mal. El 17 de mayo de 2005 las espadas apuntarían en todo lo alto. La serie al mejor de 5 partidos comenzaba en Vitoria. Un día antes, los protagonistas parecían serenos. Vestidos de chándal se fotografiaban al lado de la copa, cada uno con su buque insignia: Bullock el de Boza, Scola el de Dusko.

“Espero que sea una final bonita”, aseguraba esa tarde el bueno de Dusko… Lo sería, sin ninguna duda.
(Continuará)

jueves, 7 de enero de 2010

Una final que duró 15 años (Parte I)


Sí, en los 90 Yugoslavia tuvo la mala idea de existir. Eran otros tiempos y en aquella nación había mucho talento para este juego, pero cuando las tropas de Slobodan Milosevic sitiaron Croacia, Tony Kukoc ya no estaba allí. Ni Dino Radja, ni Dusko Ivanovic, ni mucho menos Bozidar Maljkovic. Todos ellos habían huido (Kukoc a Treviso, Radja a Roma…).

Era primero de octubre de 1991 y la tormenta soviética de Varsovia daba sus últimos coletazos a orillas del Mar Adriático. Las disputas étnico-religiosas cerca de las costas de Dalmacia (Dubrovnik, Rikeja) o en ciudades como Vojvodina o Zadar anunciaban el final de la Europa autoritaria, de esa Europa en cuarentena constante desde el asesinato en Sarajevo del archiduque Fernando de Austria en 1914. Yugoslavia perdía la última partida del socialismo en Europa en una guerra moderna, de las llamadas mediáticas… que tristemente todo el mundo vio pero nadie paró. Más de 80.000 militares y casi 20.000 civiles pagaban los excesos de la barbarie que amenazó con ponerle su tercer apellido a la Guerra Mundial.

La muerte del General Tito en 1980 sembraba todas las dudas en la unidad de aquel país. Un simpatizante (con muchos matices) de la URRSS iba a abandonar definitivamente su total vinculación con el enfermo y cuando del Checkpoint Charlie aparecieron tímidamente algunos berlineses del este aquel 9 de noviembre de 1989, todas las dudas quedaron resueltas. El muro de Berlín caía aquella ncohe. Fue el principio del fin. Los generales serbios intentaban imponer por la fuerza un régimen anacrónico que perdió el rumbo al desmoronarse el Pacto de Varsovia, mientras sus repúblicas pedían a gritos paz y soberanía para mejorar la vida de los suyos y subirse al carro del progreso.

Las dudas no eran ideológicas, sino más bien de tipo fisiológico: el hambre, las diferencias sociales y la pasta, que siempre manda. Pues no es de extrañar que el conflicto comenzase en Ljubljana, prolongación natural de la industria Toscana, un auténtico pasaporte hacia el bienestar. Pero en el sur, un Macedonio de a pie no sabía qué era aquello del progreso. Miraban sus bolsillos y no veían absolutamente nada. Y nada era lo que había cambiado allí desde que “El turco” abandonaba por K.o. técnico las costas yugoslavas en 1914. Por lo tanto, dificilísima labor la de unir a tiros un puzle en el que ninguna pieza encajaba ya de forma natural.

Un equipo especial

Ya sea por unas razones u otras, el deporte nacional no podía vivir al margen de todo aquello. En los pabellones algunos decidieron montar guardia y polvorín; era tal el odio en la frontera entre Serbia y Croacia. Seguramente miedo e inseguridad eran los dos sentimientos comunes de la pequeña ciudad de Split, de apenas 200.000 habitantes en aquellas jornadas. Pero como paraíso moderno, algo especial estaba ocurriendo allí.

El nuevo tótem del turismo mundial (declarada Patrimonio de la Humanidad en 1979 por la UNESCO) marcó el tempo de la canasta europea durante unos pocos años. Split acogía al equipo más sorprendente de la historia del baloncesto europeo. Era la Jugoplastika, todo un icono de la fantasía en aquel baloncesto antiquísimo de los 80, en el que mandaba la ortodoxia de la URRSS, que lo ganaba prácticamente todo.

Mucha fantasía, descaro e ilusión de un equipo que rivalizó cara a cara con su vecino lejano de Zagreb (a unos 300 km.), con aquella Cibona de los 112 puntos de Petrovic, que quedó minimizada al mínimo impacto después de las tres Copas de Europa consecutivas de la Jugoplastika en los albores de los 80 (89, 90 y 91 consecutivamente). La magia de contar en sus filas con jugadores croatas, serbios y montenegrinos la rompió para siempre la guerra. Vrankovic y Tabak recogían el relevo de los exiliados para lograr aquel último título.

Sin embargo, ni la guerra ni el exilio forzoso impidieron a los cracks de Split (Kukoc, Dino Radojevic o Velimir Perasovic), acudir a la llamada del gran Drazen Petrovic en los Juegos de Barcelona del 92, en los que una vez más Europa iba a soñar con derrumbar el Imperio de Jordan, Magic, Malone y Larry Bird. Un honroso 117-85 aparecía en lo alto del Palau San Jordi; a favor de EE.UU, por supuesto. Fue la plata más sabrosa de la historia, la que se alzaba dorada en el mundo de los mortales, hijos indefensos del todopoderoso "Dream Team" comandando por Chuck Daly. Croacia hacia historia contra todo pronóstico.

Comienza la final

Pero la final que duró 15 años no estaba por allí, ni de lejos. La partida comenzaba en el vetusto Spaladium Arena de Split. Blancas para “Boza”, negras para Dusko. El talento tocaba al primero en los banquillos. El segundo, nunca comprendió el significado de esa palabra, pero probablemente en alguna enciclopedia aparezca al lado de la palabra disciplina.

De hecho, era el peón más efectivo de Maljkovic dentro de la cancha, aquel peón que siempre buscó de ahí en adelante. Fue Richard Dacoury en el Limoges del 93, Demetrios Alvertis en el Panathinaikos de 1997, Berni Rodríguez en el Unicaja de 2003 y, precisamante un croata en el Madrid de 2005, Mario Stojic. Pizarra, orden y táctica; las tres reglas de oro para Boza, el maestro de crear equipos de Guerreros, el primero en guiar nada menos que a tres equipos distintos hacia el máximo cetro continental para conseguir 4 Copas de Europa.

Su centinela más aventajado cogía su primera pizarra en Friburgo (Suiza). Ya han pasado muchos años desde aquello (16 exactamente), pero el bueno de Dusko sabía que lo suyo no era meter canastas y se puso el mono de faena mientras aún actuaba de jugador en algún partido. A su discutible calidad se sumaba su procedencia. Era de Montenegro, el penúltimo calvario del nacionalismo yugoslavo. Para cualquier montenegrino no era fácil asumir que la independencia no era posible en aquellos días, y muchos renunciaban a jugar con la “Plavi” (selección yugoslava).

Sin embargo, estaba claro que el destino no le iba a poner en la élite como a Kukoc, como a Dino o a “Peras”. Su camino viraba hacia la dirección en los banquillos (un lugar, de hecho, desconocidísimo aún hoy en día para el bueno de Dusko ya que dirige dentro de la cancha… y haber quién le dice nada). Entre los Alpes, cerca de la casa de Heidi y su abuelo, comenzaba la leyenda de “El Sargento de hierro”. Llegó a ser incluso entrenador nacional en 1997, pero allí era como un islote invisible. Desde entonces muchos han sufrido el rigor extenuante de su carácter férreo (que con el tiempo iba a jugar en su contra).

No obstante, su suerte estaba a punto de cambiar y su destino se iba a entrelazar con el de su maestro. Fue en 1999. Ivanovic era nuevo entrenador de Limoges. No pudo esta vez con la Copa de Europa como Boza, pero hizo doblete (liga y copa). Al año siguiente, rey y peón coincidían en España. Dusko se ponía a los mandos del Tau Cerámica (Saski Baskonia, Caja Laboral o como demonios se llame ahora) y Boza cogía por los cuernos al extinto Caja de Ronda (Unicaja actual). No tenían ni idea de lo que iba a ocurrir el 26 de junio de 2005, pero las piezas estaban por fin en el mismo tablero.

(Continuará)

jueves, 19 de noviembre de 2009

El bailarín del Cotton Club


Así le apodaba Andrés Montes. Solo un genio como Montes podía encontrar un calificativo tan acertado para calificar al considerado por muchos (de entre los que me incluyo), mejor pívot de la historia de la NBA. Me refiero a Hakeem Olajuwon, por supuesto.

Su aventura comenzaba allá por 1984. Houston anunciaba la elección del nigeriano en el puesto número 1 del draft. Aquel 1984 fue la mayor bendición para la liga profesional americana en toda su historia (si obviamos el 2003 de Lebron James, Carmelo Anthony, Dwayne Wade o Chris Bosh). Junto al 1 de Olajuwon, un tal Michael Jordan aparecía en el número 3 gracias a la elección de Chicago Bulls; "gordo" Barkley era elegido en quinta posición por los Philadelphia 76ers de Julius Erving, y un jovencísimo John Stockton irrumpía desde un injusto decimo sexto puesto en la primera ronda de los Jazz de Utah. Es decir, el mejor alero, su majestad, el almirante... Jordan (con permiso de Larry Bird); el mejor pivot, Olajuwon (con permiso de Abdul Jabbar); y uno de los mejores bases, Stockton (con permiso de "Magic"), aparecían por primera vez en la primera edición de la NBA tras nuestra tan manida plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Fue sin duda la mejor generación de jugadores de todos los tiempos, aquellos mágicos años 80's. Lakers contra Celtics, Bird contra Magic, Jordan contra Wilkins, y los "Bad Boys" de Detroit contra todos.

Francis Ford Coppola nos contaba ese mismo año (1984) la historia de un club nocturno del popular barrio de Harlem (Nueva York), en la película "El Sueño Eterno: Cotton Club". Las clases pudientes acudían allí llamados por el calor del ambiente bohemio, por su olor a jazz y su inconfundible sello de cabaret añejo, durante la década de los 30, en pleno "New Deal" de Roosvelt. Coppola quería reflejar el aparente contrasentido en la convivencia de dos mundos diametralmente opuestos reflejando el lujo que solo podían permitirse unos pocos, que disfrutaban de la clase de los humildes, de aquellos pocos "privilegiados" que habitaban en un inframundo bastante alejado de toda aquella ostentación, pero que gracias a su clase podían ganarse allí la vida, con las extravagancias de Minnie The Moocher y la voz del incomparable Frank Sinatra.

Era un contrasentido. Pero también lo era la irrupción del joven Akeem en la liga. Su juego de pies sigue siendo aún hoy insuperable, y efectivamente, como decía con cariño Montes, recordaba a uno de los bailarines de aquel cabaret.



"The Dream" era su apodo oficial, sin embargo. Cumplió el sueño americano sin ser americano y logró ser respetado por toda una nación que solo encumbra a los héroes, y estos heroes no suelen ser nigerianos. A pequeña escala significaba cumplir el sueño de Martin, y de los colonos africanos de los campos de algodón en Alabama, y de los jóvenes marginados en los "ghettos", esos simulacros de ciudades donde crecieron los modernos "ametralladores" de la liga: Iverson, Marbury o Quentin Richardson, con un ojo puesto en las estrellas y los dos pies en las canchas de Queensland o el Bronx en jornadas maratonianas de basket callejero.

Hakeem llegaba a la liga más prestigiosa de la mano de un también novato David Stern. En los últimos 25 años, Stern se ha convertido en el mejor comisionado de la liga, cambiando completamente la visión sesgada e intrusionista que los americanos tenían de los jugadores extranjeros.

Olajuwon fue quizás, uno de los últimos representantes del basket elegante de los 80. Sin un físico prefabricado en un gimnasio, trabajó su cuerpo disciplinadamente a la antigua usanza, era la fibra personificada, el jugador completo, ágil, versátil, que llegaba a cualquier lugar de las alturas. Sus tapones son tan históricos incluso, o más, que sus dos títulos con Houston, pero para alguien como él,un estilista de la canasta, empezaba a ser extraño lo que veía en las canchas en aquellos años.

Era verano de 1995 y el "pequeño" Hakeem (superaba los siete pies de altura con una envergadura espectacular), vivía su gran momento de explendor. Houston (ciudad de la que nunca se desvinculó, incluso desde su época como jugador universtario), disputaba las finales de la NBA por segundo año consecutivo, y el "34" de la "Ciudad del Viento" ponía a prueba su caché contra un jovencísimo Shaquille O'Neal, líder natural de Orlando Magics, su primera franquicia. Era raro ver a semejante tipo. "Shaq" era, por definición, lo que hoy en día denominaríamos una fuerza de la naturaleza. Con sus cerca de 150 kilos (aunque durante su carrera él mismo ha reconocido sobrepasar la barrera de los 200 en alguna ocasión) y un par de tableros rotos hasta la fecha, el choque de trenes estaba asegurado.

Houston debía defender el título conseguido el año anterior, en una batalla impresionante a 7 partidos contra los Knicks de Pat Ewing. Nuestro protagonista llevaba 10 años en la liga. Había vivido el éxito (ese título del 94), y el fracaso (derrota en el 86 contra los insuperables Celtics), a partes iguales, con la humildad que solo poseen los genios. Era el momento de justificar su caché de lider. Junto a su compañerísimo Clyde Drexler (juntos desde la universidad), debían batir al dúo O'Neal-Penny Hardaway.

Nuestros protagonistas (Hakeem y O'Neal) se odiarían a partir de ahí. Rivales por definición, representaban dos tipos de baloncesto totalmente antagónicos. Era la clase contra la potencia, el baile contra la contundencia, el maestro contra su aprendiz. Era la inflexión del 95. El legado iba a ser para Shaq hasta nuestros días. Pero... ¿Para quién sería la gloria de aquel verano del 95?

Pronto quedaría claro quién tenía el dominio. El 7 de junio Houston ponía el 0-1 en Florida con un espectacular 120-118. Empezaba el camino hacia el anillo para los de Rudy Tomjanovich. Olajuwon disipó todas las dudas que habían generado durante la "regular season", convirtiendo 35 puntos. "The dream" empezaba mandando.

En el segundo partido de la serie, los tejanos batieron un record, incolume hasta nuestros tiempos. Con su victoria por 117-106, se convertían en el primer y único equipo en toda la historia de la NBA en conseguir un 0-2 de inicio en unas finales.
Olajuwon convirtió 34 puntos aquella noche. O'Neal se quedó en 33. La serie (formato 2-3-2), llegaba al Toyota Center.

Sin muchas complicaciones, Orlando iba a "morir" en los dos últimos partidos. A pesar de que luchó el tercero (103-106), en el cuarto no le quedó más remedio que rendirse (101-113), en las últimas finales narradas por Ramon Trecet en TVE. Con un Hakeem espectacular durante toda la serie, arropado por el ganador de anillos, Robert Horry, y por su colega Clyde Drexler, Houston conseguía el doblete.

Fue el final del mito, sus últimos coletazos en lo más alto del baloncesto, pues el MVP de aquella final no volvería a colocarse ningún anillo más, ni siquiera a jugar ninguna final más. Volvía Jordan, y consiguió un triplete mágico con los Bulls hasta 1999.

Olajuwon se retiraba en 2001 en los Raptors de Vince Carter y MacGrady. Ya no quedaba nadie de los "suyos" en la NBA. Jordan lo volvería a intentar con los Wizards en 2003, y un impetuoso Malone, harto de perder firmaba en 2005 por los Lakers. Fue el más maldito de los cracks.

"The dream" había jugado 15 años en las alturas, firmando dos grandes títulos para su franquicia. El 34 cuelga con toda justicia de lo alto del Toyota Center hoy en día. Curiosamente, el año de su retirada, O'Neal comenzó a ganar anillos. Concretamente, tres conscutivos entre 2001 y 2003 junto a su escudero Bryant, más uno en 2006 con Miami Heat. Era el relevo silencioso. Olajuwon y O'Neal lo sabían. El Cotton Club no había cerrado. El maestro del claqué daba paso al maestro del break dance. ¿Quién recogerá el relevo?